Pobres niños

Mario Beramendi Álvarez
MARIO BERAMENDI AL CONTADO

OPINIÓN

Las estadísticas no hablan ni sienten. Son un documento frío e inanimado, un texto que quizá sirva para hacer un avión de papel, o hasta croquetas o albóndigas, quién sabe. Por eso contamos mujeres asesinadas con una pasmosa y escalofriante naturalidad, como si fueran asistentes a un concierto, y hablamos de la pobreza infantil cada cierto tiempo, asumiendo una rutina, igual que si se anunciara en el telediario una borrasca pasajera de fin de semana.

Las carencias a edades tempranas, sobre todo en los estratos de renta más baja, han alcanzado cotas sonrojantes. Es el campo minado que ha dejado esta crisis. Faltan niños en las ciudades gallegas por el desplome demográfico, y encima una parte de ellos son cada vez más pobres. No creo que haya que pintar un porcentaje. Tal vez necesitemos la foto de un pequeño un día cualquiera, a la hora del desayuno, con el tazón de leche a medio llenar y con apenas un par de galletas resesas, las últimas que había en la caja. O la imagen de su chándal agujereado en el patio, a la hora del recreo, sin que nadie le haya cosido unas rodilleras. La pobreza infantil quizás sea un triciclo con una rueda pinchada y el manillar oxidado en el descansillo de un portal en un barrio cualquiera, un pantalón que huele a orines o una boca que llega a la hora de la cena manchada desde la merienda, sin que nadie le haya pasado una toalla para limpiarla. Tal vez consista en ver a niños cada vez más gordos porque todas las tardes, en los columpios, comen bollería o fiambres grasos, que son los más baratos. O en compadecerse de ese pequeño que, a diferencia de sus compañeros, no pudo celebrar una merienda el día de su cumpleaños, o al que le prestaron la camiseta porque sus padres no le han comprado el uniforme para jugar con el equipo del barrio.

Hay muchas formas de pobreza infantil, y ninguna cabe en un porcentaje. Por eso hay que escribir en un muro, en letras muy grandes, para que todo el mundo lo vea. Una sociedad que condena a una parte de sus pequeños a pasar necesidades es como un cerebro sin riego, que ya no piensa. Llegados a este punto, nos queda el último y desesperado lamento, el último juego de palabras. Niños pobres, pobres niños.