Son unos ineptos, pero son nuestros ineptos


El pasado domingo, paseaba por la localidad cántabra de Laredo cuando me llamó la atención el cartel situado a los pies de un hombre que pedía en la calle. «Solicito una ayuda, por favor. Soy de Cantabria», decía el letrero. Me sorprendió que aquel hombre joven considerara que el hecho de ser natural de la autonomía en la que solicitaba limosna aumentaba sus posibilidades de recibir una dádiva. Pero constaté que no le faltaba razón. Mientras él, sin hacer otra cosa que mendigar apelando a su lugar de nacimiento, había reunido un buen número de monedas en su platillo, unos metros más adelante un aterido anciano de frágil presencia y claramente extranjero, muy probablemente rumano, tañía el violín con cierto estilo frente a un gorro vacío. Me resulta difícil comprender que, a la hora de practicar la caridad, esta se ejercite en función de si el mendigo es o no de nuestra tierra. Hay, al parecer, pobres de primera y de segunda. Nuestros pobres, y los pobres de los demás.

Ese incomprensible concepto de la solidaridad tan desconcertante en un pueblo de una comunidad como Cantabria, en la que el hecho identitario era inexistente hasta hace muy poco, es sin embargo el que practican a diario desde hace muchos años los independentistas catalanes. Nunca he entendido por qué un obrero comunista de Vich puede sentirse más solidario con un millonario representante de la oligarquía económica barcelonesa que con un agricultor extremeño, pongamos por caso. O qué clase de vínculo puede unir a un conservador y pequeñoburgués comerciante de Tarragona con un radical antisistema de la CUP. Y, sin embargo, esos vínculos, que solo se explican por el huevo de la serpiente nacionalista que antepone la identidad nacional a cualquier otra consideración, existen.

Allí estaban por ejemplo el pasado martes, haciendo conjuntamente el ridículo en Bruselas, Carles Puigdemont, del PDeCAT, heredero de la conservadora CDC, ligada históricamente al empresariado catalán, junto al ecocomunista Raül Romeva y al izquierdista Oriol Junqueras, tratando de convencer a la Unión Europea de que la gran urgencia en Cataluña es la independencia, y no el hecho de que esté en quiebra técnica, su deuda pública sea considerada basura y haya tenido que ser rescatada por el Estado español. Su grotesco esfuerzo solo cosechó, lógicamente, el más absoluto de los desprecios, hasta el punto de que ni un solo representante de la UE acudió a su conferencia. Aunque gastaron 127.819 euros de dinero público en publicitarlo, ni uno solo de los periódicos internacionales en los que insertaron los anuncios dio cuenta del acto.

El por qué una buena parte de los catalanes de toda condición tolera semejante despilfarro de dinero público y mira hacia otro lado ante la desastrosa gestión de una Generalitat que está empobreciendo a Cataluña solo se puede explicar por ese mismo absurdo principio del que se beneficiaba el mendigo laredano. Son unos ineptos, pero son nuestros ineptos. Y así les va, claro.

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