Alabanza de aldea


No quiero, con este título, menospreciar, como fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, la Corte y las ciudades, solo quiero ejercer una legitima reivindicación ante el dato alarmante del que da cuenta este diario cuando en su edición de ayer señala que Galicia suma una aldea despoblada cada semana y ya tiene 3.562 vacías. Cuando llegué a Madrid para realizar mis estudios, frecuentaba bares en los que se reunían saudosamente grupos de gallegos ejercientes. Cuando les preguntaban de dónde procedían y contestaban, por ejemplo, que de Lugo, se sucedía la pregunta complementaria que no era otra que si eran del mismo Lugo, a la que respondían que no, y entonces señalaban el nombre de su aldea. El complejo de aldeano se mantuvo entre mis coterráneos hasta casi ahora mismo.

Sentían una suerte de vergüenza al manifestar su origen, querían no parecer siquiera pueblerinos, su imagen deseada era la de perfectos urbanitas, dotados de un cosmopolitismo ficticio mientras ignoraban que su aldea de nación era probablemente el centro del universo. La sangría de una tierra despoblada es dramática para entender nuestra esencia de pueblo. Galicia corre frenéticamente hacia las ciudades y los pueblos de la costa. Galicia es un litoral creciente mientras la cultura de la soledad es una inmensa niebla que se instala en las localidades del interior. Existen ciudades históricas cercanas a la costa, como mi admirada Mondoñedo, que han perdido en veinte años más de un tercio de su población. La Galicia del silencio se oculta tras la Galicia de los bullicios. Una geografía de cómaros y ribazos que pueblan los recuerdos, de regatos que riegan la memoria, de casas de piedra en donde hemos sido felices, conforma el mapa civil de un país interior en extinción.

Existe más que nunca un país menguante, inundado de carteles de «se vende», un territorio envejecido que está siendo un país de viejos para viejos. Huyen de sus aldeas, algunos son los últimos testigos de un pasado que creció con ellos, son los últimos mohicanos que habitan en la reserva indígena de un territorio que va a morir con ellos.

Nuestra memoria son los centenares de concellos perdidos en medio del paisaje, los bosques que ya nadie cuida y protege, las miles de parroquias señalizadas con la espadaña que sobresale de la torre de la iglesia, los burgos perdidos en un atlas improbable en un país de los mil ríos y de fuentes que se están secando.

Este artículo quiere ser un grito desesperado, un SOS para salvar nuestra identidad, un desgarro demográfico irreparable. Acaso no haya solución ni posible ni probable y el contorno gallego seguirá «do seu verdor cinguido», como en una estrofa de nuestro himno, pero cada vez con menos «bos e xenerosos» censados.

La tierra no olvida, no perdona las deserciones masivas; las aldeas, nuestras aldeas, son un tesoro oculto, un paraíso colectivo y múltiple. Nuestro paraíso.

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