De los deseos a la realidad


Cumplió su papel la televisión catalana TV3 al no ofrecer el discurso de Navidad de Felipe VI, para no amargarles la Nochebuena a los catalanes. Acertó porque así les evitó la advertencia de que vulnerar las normas solo puede traer «tensiones y enfrentamientos estériles» y «empobrecimiento moral y material» y que son «inadmisibles las actitudes y comportamientos que ignoren o desprecien los derechos que tienen y que comparten todos los españoles». No citó a Cataluña, pero es evidente que se estaba refiriendo a ella y no la citó porque el rey prefirió evitar los asuntos de actualidad. Rehuyó hablar de terrorismo yihadista, reforma constitucional, corrupción, refugiados, violencia machista, pobreza y así evitó aludir a todos y cada uno de los problemas que maltratan y preocupan a la ciudadanía.

Es evidente que el rey decidió hacer un mensaje mucho más familiar y próximo. En realidad se trata de felicitar la fiestas, aunque todos los años, como ya ocurría con su padre, se esperan grandes reflexiones y sentencias sobre cuestiones del día a día. No parece que vaya a ser esta la línea de Felipe VI y de ahí que, por eludir nuestras grandes preocupaciones, su intervención resultó demasiado previsible y bastante optimista.

El monarca, al margen de hablar de respeto y apelar a la convivencia democrática, voluntad de construir, consensos y diálogo, nos dejó el deseo de que la recuperación permita «crear mucho más empleo y de calidad», de que se corrijan «las desigualdades derivadas de una crisis tan profunda» y que las familias puedan «recuperar su nivel de vida». Que como deseos navideños se agradecen un montón, pero que otra cosa es hacerlos realidad.

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De los deseos a la realidad