El comportamiento que el expresidente Aznar está teniendo con Rajoy deja mucho que desear. Desde la fundación FAES está continuamente cuestionando la forma de hacer política del actual presidente del Gobierno, y en estos días se está cebando con el Ejecutivo por el supuesto giro del PP sobre Cataluña. Quien durante ocho años rigió los destinos de España debiera saber que la política convierte a rivales en extraños compañeros de cama, y que a Rajoy no le queda otra que negociar lo más posible si quiere que le dejen sacar las cuestiones de Estado adelante.
Con independencia de que a algunos les pueda sorprender el cambio gubernamental en torno al desafío independentista, que por otra parte hasta el momento se está limitando a sustituir la permanente batalla legal por el diálogo, la actitud de Aznar es de una falta de lealtad digna de resaltar. No acepta que no se le siga considerando una referencia en Génova, y en vez de contribuir a la gobernanza del país y de su formación, se dedica a dar muestras de una arrogancia y prepotencia impropias de quien ocupó tan alto cargo. Su permanente cabreo con todo y todos, y sus alusiones a las «carencias» del actual PP, hacen que recuerde cuando nos metió en una guerra que nadie deseaba. Fue un presidente arrogante y escasamente empático, pero entonces tenía encomendada la difícil tarea de gobernar. Por el contrario, ahora no es otra cosa que un ex que no se resigna a tal condición.