Ni deberes ni reválidas: la ley del mínimo esfuerzo


Es lógico que los estudiantes quieran suprimir deberes y reválidas. En nuestros años de alumnos hubiéramos pedido lo mismo. Lo preocupante es que hayan sido docentes, políticos y padres de la escuela pública (Ceapa), en número no pequeño, los que han reclamado la abolición de ambos y han conseguido su propósito con las segundas.

En los primeros, desoyen que Hanna Sarakorpi, directora del finlandés Sannalahti School, considerado por el informe PISA el mejor colegio del mundo, haya resaltado en Valencia la importancia de los deberes «adaptados a cada alumno y con un máximo de una hora de trabajo en casa para que los padres sepan qué tipo de dificultades tienen sus hijos». Y hacen caso omiso a la profesora coruñesa Raquel Veira, que ha convertido en viral su cruzada contra los antideberes y el oportunista anuncio de IKEA, a quien le dice «zapatero a tus zapatos; sois buenos haciendo muebles, pero no os dedicáis a educar». No entiendo la supresión de los deberes ni de las reválidas, a no ser que con la anulación de las segundas se quisiera enmascarar la deficiente formación recibida, porque argumentar que era inconcebible que se jugasen todo a una carta y les examinasen «profesores que no conocen a nuestros hijos y no saben cómo son» es una estolidez. Cabe deducir que sus detractores prefieren la parcialidad a la imparcialidad y que desconocen que en el bachillerato de los que pintamos canas nos examinábamos de reválida en los institutos, tanto colegios públicos como privados, y que para ser bachiller elemental teníamos que aprobar una reválida; para bachiller superior, otra, y para acceder a la universidad superar un curso llamado preuniversitario y sin el cual no había carrera superior.

Las reválidas fueron pensadas, además de cómo valoración de nuestro saber y esfuerzo, como una primera selección para dirigir a los alumnos hacia la continuación y profundización de estudios superiores o para pasar a una formación profesional donde la destreza manual prevaleciese sobre la investigación (copiada por Alemania para su actual formación dual). No existían PISA ni la clasificación Shanghái, pero hubiéramos quedado mejor que ahora.

Actualmente la industria, la construcción y los servicios contratan a especialistas extranjeros por falta de españoles, mientras varios miles son ninis y un tercio se queda con su título universitario para engordar el paro. Es el fruto por haber erradicado el esfuerzo y el mérito, manteniendo el «todos tienen derecho a estudiar una carrera» y cambiando la recompensa al empeño y al saber por la ley del mínimo esfuerzo.

Con eso de igualar, pero por abajo, hemos vuelto al origen de lo que se quiso evitar: las diferencias sociales. Cada vez más la formación de calidad está en los centros privados y en algunos concertados, y solo pueden acceder a ella los más pudientes y concienciados que son, a la larga, los que ocuparán los mejores puestos de la sociedad. La Lomce lo empezaba a enmendar, como acabamos de constatar en el último PISA, pero me temo que la sustituiremos por otra ley en la que prevalecerá la ideología sobre la excelencia. Al tiempo.

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