El secuestro del Adviento


El primer calendario laboral de la humanidad fueron las fiestas religiosas, que, presentes en todas las culturas y credos, alcanzaron la excelencia en la Iglesia cristiana. Cada semana un festivo. Cada mes una fiesta menor de ámbito parroquial (San Antonio, el Carmen o San Amaro). Cada trimestre un rito referencial (Navidad, Pascua, y las conjunciones Corpus/San Juan y Santos y Difuntos). Las grandes fiestas tenían su tiempo de preparación (el Adviento para la Navidad y la Cuaresma para la Pascua), que traían aparejada la esperanza y la meta que dan vigor y sentido a la alegría. Finalmente, para que el calendario fuese insuperable, se inventaron las fiestas movibles, que, vinculadas al ciclo de la Pascua, hacían que el calendario central, y muchas celebraciones festivas de la primavera (entre el Entroido y Pentecostés) cambiasen de ambiente y de posición todos los años y rompiesen -mediante puentes laborales- la monotonía festiva. El problema de hoy no viene de ese calendario, sino de las ansias por reformar lo que ya era perfecto. Y así vamos inventando chorraditas sin sentido que dañan la ejecución del calendario viejo sin conseguir sustituirlo.

Por eso tenemos este barullo inmanejable de localismos, ocurrencias, fiestas laicas que nacen y mueren como los hongos, tomatinas, semanas blancas, Halloween, Black Friday y Letras Galegas, que no dejan lucir la racionalidad y el naturalismo certero del viejo calendario, ni son capaces de generar consensos, simbología y sentido para una nueva programación.

El único calendario sólido, duradero y acomodado al ciclo natural está declarado inservible por no ser laico y no estar ajustado al curso académico de Boston. Y todo lo que improvisamos para sustituirlo no pasa de ser trapallada y mal gusto.

Pero, como diría un yuppi, es lo que hay. Lo último que nos robaron es el Adviento, que, fuertemente arraigado en la cultura europea, como una preparación de la Navidad, fue arrasado por el eclecticismo religioso y comercial importado de Estados Unidos.

Y así hemos llegado a que este bimestre de luces navideñas y villancicos carezca de sentido, enturbie el trabajo de fin de curso, y nos prive de la esperanza en el Niño de Belén, y a que la Navidad llegue cuando ya estamos hasta el gorro de turrones, de los peces en el río, de elucubraciones laicas sobre un hecho religioso, y de luces que, por su prolongada presencia, pierden estética y sentido. En defensa del Adviento he retrasado, en mi casa, los gestos de la Navidad. Cuando no tenía niños hasta el cuarto domingo, y después hasta el tercero.

Pero este año -acosado por la edad, los nietos y los laicos- he perdido la batalla. Y por eso escribo con nostalgia este testamento, cuando la gran riada de mal gusto y postureo está a punto de depositar mi alma, junto al mar, en una playa vacía.

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