El secuestro del Adviento

OPINIÓN

12 dic 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El primer calendario laboral de la humanidad fueron las fiestas religiosas, que, presentes en todas las culturas y credos, alcanzaron la excelencia en la Iglesia cristiana. Cada semana un festivo. Cada mes una fiesta menor de ámbito parroquial (San Antonio, el Carmen o San Amaro). Cada trimestre un rito referencial (Navidad, Pascua, y las conjunciones Corpus/San Juan y Santos y Difuntos). Las grandes fiestas tenían su tiempo de preparación (el Adviento para la Navidad y la Cuaresma para la Pascua), que traían aparejada la esperanza y la meta que dan vigor y sentido a la alegría. Finalmente, para que el calendario fuese insuperable, se inventaron las fiestas movibles, que, vinculadas al ciclo de la Pascua, hacían que el calendario central, y muchas celebraciones festivas de la primavera (entre el Entroido y Pentecostés) cambiasen de ambiente y de posición todos los años y rompiesen -mediante puentes laborales- la monotonía festiva. El problema de hoy no viene de ese calendario, sino de las ansias por reformar lo que ya era perfecto. Y así vamos inventando chorraditas sin sentido que dañan la ejecución del calendario viejo sin conseguir sustituirlo.

Por eso tenemos este barullo inmanejable de localismos, ocurrencias, fiestas laicas que nacen y mueren como los hongos, tomatinas, semanas blancas, Halloween, Black Friday y Letras Galegas, que no dejan lucir la racionalidad y el naturalismo certero del viejo calendario, ni son capaces de generar consensos, simbología y sentido para una nueva programación.

El único calendario sólido, duradero y acomodado al ciclo natural está declarado inservible por no ser laico y no estar ajustado al curso académico de Boston. Y todo lo que improvisamos para sustituirlo no pasa de ser trapallada y mal gusto.