La que usted quiera

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa CON LETRA DEL NUEVE

OPINIÓN

27 nov 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

La pesadilla del castrismo ha durado casi sesenta años, pero el sueño del castrismo duró mucho menos. Los entusiastas cubanos que saludaron con jolgorio y esperanza la llegada de aquellos rebeldes barbudos a La Habana el 1 de enero de 1959 pronto vieron cómo se esfumaban sus ilusiones y la dictadura de Batista era reemplazada por la de Fidel.

El Che Guevara, que tenía un talento descomunal para el fracaso, prefirió irse a morir en una emboscada en la selva boliviana antes que asistir desde un despacho a la desintegración del sueño colectivo de la Revolución cubana. Sucedió en 1967.

Guillermo Cabrera Infante tardó algo menos en asumir el desencanto y la derrota de sus ilusiones ante lo que luego definió como castroenteritis. Quien había agitado las aguas culturales cubanas desde la revista Lunes de Revolución, tuvo que salir de La Habana por la puerta de atrás a finales de 1961. Iba camino del exilio. Y convirtió el exilio y sus nostalgias habaneras en un nuevo género literario, tal vez único, porque Cabrera Infante nunca dejó de escribir en cubano, en habanero, ni siquiera en su refugio último entre los ladrillos victorianos de Londres.

Cuando Guillermo Cabrera Infante dejó Cuba, llevaba en su maleta un libro prohibido. Un título clandestino que había encontrado de tapadillo en una librería de viejo de La Habana. Se titulaba La luna nona y lo había escrito Lino Novás Calvo, un escritor cubano y gallego, porque ser gallego es una de las maneras más auténticas que hay de ser cubano.

Novás fue de los primeros en entender que el castrismo no era un sueño, sino una pesadilla, y se exilió en Estados Unidos antes que nadie. Tal vez porque ya venía de perder la Guerra Civil contra las tropas de Franco y sabía que los dictadores del país salen muy resistentes y duraderos, y tienen por costumbre morirse en la cama, disfrazados de ancianos bondadosos y de voz aflautada.

Contaba Cabrera Infante que en una ocasión Fulgencio Bautista, durante una recepción en su palacio, preguntó en alto qué hora era. Un edecán, vestido de librea, se acercó y musitó:

-La que usted quiera, señor presidente.

Quién podía imaginar entonces, 1 de enero de 1959, que Fidel Castro sería durante sesenta años el amado líder al que pondrían en bandeja de plata la hora que él quisiese.