El planeta convulsiona con la victoria de Donald Trump. El machista, xenófobo, homófobo, hortera, defraudador fiscal y beligerante multimillonario ha ganado las elecciones estadounidenses, porque en este mundo que vivimos el populismo resulta difícil de derrotar. No hay nada mejor que decirle a la gente lo que desea escuchar, máxime si quien recibe el mensaje adolece de escasa formación. Y si esa gente, antaño clase media y ultraconservadora, está pasando penurias, pues cuanto más se carguen las tintas contra lo que huela a foráneo, mejor que mejor. Su victoria es democrática, y eso es lo más preocupante, a la par que demostrativo de la escasa valoración que la gestión de Obama recibió por parte del pueblo norteaméricano. Hillary Clinton significaba el continuismo y, visto lo visto, no era lo anhelado por la mayoría. La ultraderecha europea está eufórica, lo que también aterra. La doctrina Monroe, sintetizada en la frase «América para los americanos», retoma actualidad. Es lo que vendió Trump. Humo patriotero. Además de misoginia, y odio racial. Ahora les resultará más fácil a los policías racistas tirotear a los ciudadanos de color. Más sencillo todavía, y con más, si cabe, impunidad que antes. En estos tiempos los populistas emergen como setas. En España sabemos de qué va la cosa, aunque afortunadamente fuimos más reflexivos a la hora de acudir al encuentro con las urnas. Por algo somos la Vieja Europa, y tenemos años de historia para dar y tomar.