Alarma. El PSOE no solo es ya la tercera fuerza política en España (17 %), sino que está más cerca de la cuarta, Ciudadanos (12,8 %), que de la segunda (Unidos Podemos, 21,8 %). Eso es lo que indica el último sondeo del CIS. El laberinto político en el que se han metido los socialistas apunta a que, si no reconducen pronto su profunda división interna, acabarán siendo una fuerza testimonial, al estilo del Pasok griego. Una situación dramática para un partido que llegó a sumar el 48,11 % de los votos en 1982, pero muy preocupante también para el actual modelo constitucional. Si el PSOE se derrumba, la democracia española perdería uno de los pilares que la han mantenido en pie desde hace 40 años. La peor noticia es que la respuesta de los socialistas a esa encuesta no invita precisamente al optimismo.
En lugar de admitir culpas, reconocer errores, hacer propósito de la enmienda y mirar al futuro buscando la unidad, que es lo único que podría sacarlos de ese pozo, los dirigentes del PSOE prefieren enfrascarse en el apasionante debate en torno a si fue antes el huevo o la gallina. Es decir, si esta situación de postración se debe a que Susana Díaz y los suyos le han hecho la vida imposible a Pedro Sánchez hasta hacerlo dimitir, y a que el PSOE ha permitido gobernar a Rajoy, -tesis que defendían ayer los sanchistas-, o si, por el contario, la consumación del descalabro es la consecuencia lógica de la errática gestión de Sánchez y su acercamiento a Podemos y los independentistas, que ha acabado por fracturar al partido y alejar a un sector del electorado, argumento que esgrimían los susanistas.
La realidad, como siempre, es poliédrica y no se esconde tras ese pedestre debate de blanco o negro. Porque, si bien es cierto que Sánchez es el máximo responsable de que el PSOE tenga en este momento la menor representación parlamentaria de su historia, la reacción de sus críticos no fue precisamente ejemplar. Primero callaron de forma irresponsable y le dejaron hacer, pensando que su fracaso en la investidura lo hundiría. Y luego, eludieron dar la cara y utilizaron a sus peones en la ejecutiva para derribarlo. Lo único cierto es que, consumado el despropósito colectivo, los socialistas persisten en el error. Sánchez echando sal en las heridas y alentando el rencor, y la gestora iniciando una purga que hace imposible la reconciliación. Pronóstico: muy grave.
Nadie que defienda el actual modelo democrático puede alegrarse de la deriva del PSOE. Porque lo que el CIS indica es que, gracias a ella, el populismo es ya la segunda fuerza. Alentar el hundimiento socialista sería una estrategia suicida para quienes defienden la Constitución, porque, si eso sucediera, en las próximas elecciones los españoles estarían ante el mismo dilema al que se enfrentan hoy los votantes de Estados Unidos: olvidar siglas y limitarse a escoger entre populismo o democracia. Trump o Clinton. Evitar que eso suceda solo depende de que los socialistas pongan los intereses de su partido por encima de los suyos.