El resultado de las elecciones de hoy en EE.UU. no puede ser favorable para Trump, que se ha presentado como un candidato prepotente e ignorante, capaz de arruinar los valores del pueblo norteamericano, dimanados de su Constitución, que le han hecho ser la nación líder de Occidente en los tiempos difíciles de la globalización que vivimos.
Por el contrario, si ganase Clinton, el mérito sería de su fanfarrón oponente, que le dio la victoria por exclusión. La población americana no blanca, de origen emigrante, pondría en la Casa Blanca a la continuadora de Obama, premio Nobel de la Paz, pero que deja grandes problemas en el exterior sin resolver, como en Afganistán, en Siria e Irak o los enfrentamientos con Rusia y China en sus respectivos ámbitos territoriales. Todos ellos son lo suficientemente graves como para no poner en la Casa Blanca a un inexperto.
Además, quedan pendientes otros procesos importantes, como el de la apertura de Cuba, el cambio climático y el terrorismo yihadista. Todos ellos son retos de gran envergadura que sin duda puede afrontar mejor la señora Clinton por su experiencia política anterior.