Al segundo mandato de un presidente de Estados Unidos se le llama el mandato del pato cojo. La expresión se debe a que, por ley, son ocho años el límite de estancia en la Casa Blanca. El presidente está cojo, porque deja paso a otros y no puede actuar con los mismos súper poderes. Claro que no me gusta Donald Trump. Pero es que Hillary también mete miedo. De tal manera que parece que estamos ante el combate de dos rancios pato y pata, Donald y Daisy, cojos antes de pensar ni en un primer mandato. Deberíamos decir que es increíble que una potencia mundial tenga a estos dos candidatos, que podrían hacer girar el planeta como una pelota si les diese la gana, y no a otros más preparados. Pero si miramos con criterio hacia los nuestros, no estamos para señalar. Casi alivia pensar que son las multinacionales y las corporaciones las que dirigen el planeta y que, cada vez más, nuestra clase política sin clase se está quedando para títeres de quienes de verdad hacen rodar las cosas con la calculadora en la mano. Ayer hubo un momento tierno en el debate. Les preguntaron a los dos por una cualidad a subrayar de su enconado rival. Hillary dijo que la condición de padre y de abuelo de Donald. Alabó a sus hijos y añadió que no es tarea fácil sacar a los hijos adelante. Cualquiera que sea madre o padre lo sabe. No hay manual de instrucciones. Cada día es una tarea infinita. Luego contestó Donald y estuvo amable, por una vez. De Hillary le atrae lo luchadora que es. Inasequible a la derrota. Tal vez sin querer anunció el ganador de noviembre. Será Hillary, en una elección entre pésimo y peor.