El PSOE y el curioso caso de Benjamin Button

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

En un alarde de sana sensatez, virtud desconocida por los dos últimos secretarios generales del PSOE, Javier Fernández, que hoy preside, sentado sobre un volcán en erupción, la gestora del partido no ha tardado en definir con precisión que una cosa es el terrible dilema al que los socialistas hoy se enfrentan y otra el problema de fondo que tendrán que resolver si quieren ser en el futuro lo que fueron: una fuerza fundamental para la modernización de una España unida, solidaria y cohesionada.

La coyuntura para el PSOE, reconoce Fernández con toda la razón, es sencillamente endemoniada. Su partido tiene que elegir entre dos salidas muy complejas para quienes habrán de optar entre una y otra: abstenerse para que gobierne un PP al que los socialistas llevan años demonizando o asumir la responsabilidad de llevar por tercera vez en un año a los españoles a las urnas. Es evidente que ambas salidas tendrán grandes costes electorales y políticos para los socialistas, que, por si fuera poco, están al respecto completamente divididos.

Pero, como algunos venimos sosteniendo desde hace mucho tiempo, no es ese el auténtico desafío del PSOE, al que le irá mal, decida lo que decida en el terreno de la gobernabilidad, si no reconoce donde, de verdad, le aprieta su zapato. Fernández lo clavó ayer sin titubeos: «El PSOE es un partido de mayorías. El día que deje de serlo ya no será el PSOE. No será alternativa de gobierno. Tenemos que recuperar esas capas medias».

«Ahí le ha dao», que diría Pepe Isbert en Bienvenido Mister Marshall: al precio de convertirse en el PASOK, el PSOE tiene de que decidir ya sin demora si va a profundizar en la línea iniciada por Zapatero (verdadero padre intelectual de Pedro Sánchez) o a volver a situarse en la posición que le permitió ser con el primer González un gran partido de gobierno. Es decir, el PSOE debe optar entre seguir compitiendo en el terreno de una izquierda radical, que acepta su incapacidad para forjar un proyecto autónomo y, por tanto, su necesidad de llegar siempre al poder como parte de un popurrí de partidos populistas y nacionalistas, o aspirar a lo contrario: recuperar sus señas de identidad socialdemócratas, su voluntad mayoritaria, su defensa del proyecto de una España tan diversa como unida y, como consecuencia de todo ello, su rechazo de cualquier componenda con la extrema izquierda, nacionalista o no nacionalista.

Los tres grandes problemas que hoy afronta el PSOE (su unidad interna, la gobernabilidad y su posición en el debate territorial) tienen que ver con ese gran dilema histórico. O los socialistas españoles maduran de una vez o les pasará lo que a aquel personaje del gran novelista norteamericano Francis Scott Fitzgerald, sobre el que luego se hizo una película que muchos de ustedes habrán visto: El curioso caso de Benjamin Button. Un hombre que, en vez de cumplir años, los descumple; que, en lugar de caminar hacia la madurez, marcha hacia la infancia. Es decir, y en el caso del PSOE, hacia la enfermedad infantil del izquierdismo.