Si usted es el improbable ganador del escandaloso bote de los euromillones, deje de inmediato de leer esta columna y cómprele al rey de Redonda, Javier Marías, su isla, porque por aquí tiene usted poco futuro. Aún cuando Jorge Manrique decía que la mar es el morir, no le crea mucho. Al fin de al cabo necesitaba una metáfora a la que fueran a dar los ríos que son nuestras vidas, sobre todo la de su padre, que según Jesús Egido era un cabrón. El mar en realidad es el imperio de las fuerzas de la naturaleza, la arbitrariedad, la violencia, y también el retorno al origen de la vida, la felicidad, la paz. No, desde luego, el socialismo ni la democracia, que inventaron los griegos mientras eran atendidos por sus esclavos. La literatura del mar ha dado mucho juego desde siempre, no solo con Moby Dick, esa inquietante novela gótica, o con El viejo y el mar, que según el antes citado no fue más que un ejercicio de estilo para aquellos que acusaban a Hemingway de no saber escribir; la literatura del mar nace con la Odisea y el ponto plagado de dioses intrigantes y crueles. Cuando la balsa de piedra de Saramago se desprende del continente para comenzar su navegación oceánica, no está pasando más que lo que ahora deseamos todos. Escapar de este territorio de confusión. Escapar, en realidad, de Susana Díaz y su empalagoso discurso golpista. Poner rumbo a la isla del tesoro junto a Jim Hawkins y el malvado Long John Silver. Y ver cómo Susana Díaz se va haciendo cada vez más pequeña en la orilla.