Ya me perdí. El estrambote político se ha enredado de tal manera que soy incapaz de entender ni creerme nada.
Tiene delito que nos hayan arruinado las Navidades, el verano y ahora el otoño con el gori gori electoral y su posterior algarabía impenetrable. Que hayan entrado en un bucle obsesivo del que son incapaces de salir y vuelvan a amenazarnos con nuevas elecciones como única forma de resolver su incompetencia.
Han complicado tanto el asunto que ha llegado a un punto en el que todos hacen y dicen lo mismo; se reiteran los mismos argumentos, los mismos desplantes narcisistas y son incapaces de solucionar nada. Una situación comunicacionalmente insólita y nada democrática. Porque no es democrático interpretar el mandato del pueblo leyendo solo la biblia de la tribu y barriendo solo para los de casa, ni tampoco satanizar al rival solo por serlo.
Han hecho de la gobernanza del país un combate en el que no valen los puntos ni las tablas, solo el K.O., y eso no es democracia, es un duelo a muerte en el que solo puede ganar uno.
La teoría de la comunicación humana enseña que cuando no se consigue entender el porqué de una conducta, lo mejor es preguntarse el para qué de la misma. El espectáculo que está dando nuestra clase política solo se puede entender desde el para qué y las respuestas a esos para qués, son irritantes.
En vez de elecciones sin fin, no estaría mal poder resolver este tipo de conflictos como propuso el general Monzón hace unos meses al incalificable -no tengo epítetos- Willy Toledo: «Si usted se caga en la Virgen y en la bandera, yo le reto a duelo a muerte ahora mismo y le dejo elegir arma». Y se acabaron los faroles. Que elijan arma, florete o pistola, pero que acaben de una vez.
Por muy exagerado que parezca, no hace tanto que se resolvieron afrentas políticas de esta forma y algunas veces salió bien. El 6 de agosto de 1952, se llevó a cabo el último duelo de honor registrado en Chile. Fue entre los entonces senadores Salvador Allende y Raúl Rettig, siendo el desafiante este último, tras descalificar los argumentos del doctor Allende en el Senado. Aunque dispararon a matar, ambos erraron sus tiros. Después volvieron a ser amigos.
Es difícil encontrar un calificativo para esta situación -igual que para Willy Toledo- pero escuché a Chani Pérez Henares uno que me parece que encaja muy bien: estrafalarios.
Estrafalario: que llama la atención por su extraña apariencia o incomprensible forma de pensar y actuar.
Sinónimos: extravagante, ridículo, grotesco, risible, inconveniente, ilógico...
Así que estrafalario por estrafalario, lo dicho, Florete o pistola.
Son tan cansinos...