Ayer por la tarde las noticias políticas fueron gratas para la gente común: los ciudadanos. El cielo ardía. Estaba gris oscuro frente a mi estudio, rojo a veces. Nos calcinamos a nosotros mismos: nos devoramos. Somos un país incomprensible y cada gota de sentido común habría que celebrarla. Porque en ocasiones nos falta. Pero las últimas noticias, esas que siempre parecen necrológicas, nos traían la renuncia del exministro Soria al puesto en el Banco Mundial. Por fin, me dije, España recupera el buen juicio.
En su carta de renuncia, Soria consideraba «desproporcionada» la utilización política que había conllevado su nombramiento. Se equivocó en su adjetivo. Las reacciones políticas resultaron las segundas en importancia. Las preponderantes, como escribí el domingo, fueron las respuestas de la calle. Nadie podía creer que, lloviendo lo que había llovido en el tejado del PP, el Gobierno nombrase para un puesto tan relevante a un implicado en los turbios papeles de Panamá. Los que más gritaron fueron las bases del PP, avergonzadas y afligidas. Las bases de los otros también gritaron como nunca, cierto. No lo hicieron cuando la podredumbre acechaba sus círculos y sus primarias. Hasta nos refregaron por la cara que lo del número dos de Podemos era una bagatela. La sandez de contratar en negro a su asistente por parte de un señor que debería actuar de modo ejemplar (Pablo Echenique). O de no declarar todos sus ingresos (Monedero y su Venezuela). Por no citar a los socialistas que callaron con la inmundicia de Andalucía. Hasta los de las mareas se pusieron estupendos pensando que el asunto Soria les facilitaría la campaña gallega. Error.
Porque resulta que al final, Soria dimitió. Y de los otros no dimite ninguno. Resulta que el líder del PP gallego y candidato a presidir de nuevo la Xunta se posicionó sin ambages contra la decisión de colocar a Soria en el Banco Mundial. Resulta que las razones que los demás ofrecen a diario solo valen cuando afectan al PP pero no sirven para ellos mismos. Resulta que en el PP gallego se han ido hasta imputados que luego resultaron inocentes (¿recuerdan el caso Paula Prado?). Por todo ello, del asunto Soria saco dos lecciones fundamentales: una, en ocasiones la sensatez gana la batalla; dos, ahora mismo el PP gallego y la Xunta de Galicia tienen a su frente a un hombre cabal, capaz de oponerse a las decisiones arbitrarias de su propio partido en Madrid. Un político, por lo tanto, recto y valiente. En estos tiempos, en los que arde hasta el cielo, es una fortuna.