Sin orden institucional todo se torna utopía

Xosé Luis Barreiro Rivas
Xosé Luis Barreiro Rivas A TORRE VIXÍA

OPINIÓN

29 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Entre los miles de aforismos que maneja la Ciencia Política no hay ninguno más inquietante y descarnado -con permiso de Maquiavelo, Talleyrand y Hobbes- que el formulado por Johann W. Goethe, cuya suficiencia intelectual y social le permitió decir «prefiero la injusticia al desorden», lo que, desde la actual corrección formalista, produce repugnancia y sonrojo. Pero Goethe no era un malpocado, ni carecía de la lógica estructural que adornaba la cultura alemana de su tiempo. Y por eso es conveniente que, antes de despachar su evidente provocación, pensemos un momento por qué la dijo y qué sentido mantiene. Goethe sabía que, en el mundo de los valores, la justicia precede al orden. Y de tal forma lo supera, podría decirle Kant, que hay un error esencial en dicha comparación. Pero lo que estaba haciendo Goethe no era una escala de valores, sino destacar la relación que siempre existe entre un valor y sus condiciones, o entre la justicia como concepto y como realidad social. Y desde esa perspectiva mantiene plena vigencia la advertencia de Goethe, ya que si no hay orden no puede haber justicia. Porque esta virtud, en su dimensión humana, supone la existencia de bienes, arbitrajes, solidaridades y garantías que solo un poder estructurado puede producir y administrar. Y viene esto a cuento porque puede ayudarnos a superar la aporía que tiene bloqueado el proceso de investidura. Los que creen que la relación establecida por Goethe es equivocada -y bordea el fascismo- piensan que lo que España busca en esta investidura es realzar los valores del pluralismo, la igualdad, la participación y la centralidad de «la gente» en el sistema democrático. Y estarán encantados al ver como Rajoy -expresión hipertrofiada y falsa de la crisis- muerde el polvo, y, merced a una indignación popular obsesiva y empoderada, permanece bloqueado. Pero el problema -diría Goethe- no es ese. Porque poco sentido tiene una democracia que, en vez de darnos gobiernos eficientes y estables, genera un vacío institucional susceptible de transformarse en una segunda crisis. El orden institucional es un presupuesto esencial de cualquier sociedad justa y próspera. Y el hecho de que la revisión airada del pasado nos esté conduciendo hacia un desorden estructural, que agrieta las instituciones y todos los equilibrios sociales y económicos, no es un acierto, ni una virtud, sino un craso error.

Lo que debería dilucidarse en la investidura de mañana es si España resulta gobernable o está ofuscada por la indignación. Y mucho me temo que si el triunfo de la nueva política solo se manifiesta en bloqueos y galimatías parlamentarios, van a suspirar por Goethe hasta aquellos que más le odian. Porque cuando el orden institucional -que debería ser un supuesto natural- se convierte en demanda angustiosa, ya se bordea el abismo.