¿Pasará Rajoy por las Horcas Caudinas?

OPINIÓN

18 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Las Horcas Caudinas son un angosto desfiladero de la Apulia (Italia) al que los samnitas atrajeron las legiones de los cónsules Albino y Calvino. Cuando los romanos advirtieron dónde se habían metido, quisieron retroceder, pero una avalancha de troncos y pedruscos les cerró el paso. También intentaron trepar por las laderas, peros los arqueros samnitas los cazaban a flechazos. Finalmente tuvieron que rendirse y pedirle al Senado que firmase una paz oprobiosa para rescatarlos.

Pero nuestro recuerdo de las Horcas Caudinas no se corresponde con la batalla, sino con el posterior drama de humillación que forma parte de los lenguajes políticos y militares del mundo entero. Porque, una vez firmada la paz, los samnitas construyeron un sencillo arco de derrota, con dos lanzas clavadas en el suelo y otra horizontal fijada a 1,50 metros de altura, bajo el que tuvieron que desfilar las centurias derrotadas y liberadas, inclinando su cabeza ante el caudillo Cayo Poncio y la tribu de los samnitas. Y tanta humillación sintió Roma que no volvió a admitir en sus legiones a ninguno de los vencidos.

También es cierto que cinco años después (316 a. C.), los romanos volvieron sobre las ciudades de Caudio y Lucera y esclavizaron a sus moradores. Pero los 24 siglos transcurridos hasta hoy no fueron suficientes para borrar el oprobio de la Horcas Caudinas, en las que ingresaron por un cúmulo de errores, y donde no supieron morir dignamente -como los saguntinos, los galaicos del Medulio y los numantinos- para ganar el respeto de la historia.

Hablando de hoy, parece claro que la tribu de los Ciudadanos, valiéndose de las seis condiciones (+1) para la investidura -verdadero compendio de simplezas y chuminadas-, ya tiene al PP en la boca del desfiladero, aunque todavía no pudo cortarle la retirada. Y es evidente que Sánchez -el escurridizo- ya está fabricando un arco de humillación para, en el remoto supuesto de que Rajoy sea investido sin terceras elecciones, negarle el pan y la sal y hacer morir de inanición la nueva legislatura. Las hipótesis de que el PP no entre al desfiladero -que es mi consejo- y busque otro campo de batalla, nadie las contempla. Y por eso me temo que todo acabe -tras una investidura trampa y un Gobierno cautivo- en un desfile humillante bajo un arco de derrota formado por una legislatura estéril, una disolución anticipada por una nueva crisis, y un bajo dintel de populismo que nos obligará a doblar la cerviz.

El final es conocido: el PP nunca podrá olvidar que perdió lo más por coger lo menos. Y Sánchez y Rivera no podrán evitar que vuelvan otros conservadores, pocos años después, a pasarlos por la piedra. Porque la historia ya ensayó todas las variables de victorias pírricas. Y todos deberían saber -incluso Rivera- que solo los que estudian el pasado se libran de repetirlo.