Hasta que el verano nos separe


Se sabe que las vacaciones de verano son terreno fértil para las rupturas sentimentales. Se sabe que el aumento de la intensidad del contacto puede resultar insoportable. Se sabe que son tiempo propicio para recibir y visitar a las familias de origen, reunirse compulsivamente y asistir a festejos encadenados donde la relación se multiplica de nuevo, hasta llegar a un punto de saturación que propicia la ruptura como única certeza de poder estar tranquilo. Los tiempos íntimos son aquellos en los que uno está consigo mismo, con «el hombre que siempre va conmigo» machadiano y nadie más. Los tiempos íntimos -no los privados ni los públicos- hay que planificarlos durante las vacaciones como el botiquín o la ropa que vayas a llevar. Si no se abre un espacio para ellos durante las vacaciones estamos apostando todo al negro. Al preguntarle a un ciudadano cómo ocupaba su tiempo en un día normal contestó que se pasaba toda la mañana pasmando. ¿Y por la tarde qué hace? Por la tarde lo paso a limpio, contestó. Pasmar todo el día es un problema de salud mental, pero pasar algún tiempo pasmando es imprescindible para una buena salud mental. Pero el peligro no acaba ahí, conforme vamos evolucionando en edad, tecnología, saber y desgobierno, aparecen nuevos elementos que se añaden a las viejas amenazas. Antes la gente vacacionaba mayoritariamente en el destino prefijado del pueblo -los que tenían o tienen la fortuna de tener un pueblo-; el poder adquisitivo y la fiebre del Coronel Tapioca que ha infectado a mucha gente hacen del destino una variable más a discutir y que añadir a la lista de agravios conyugales. Una pareja me contaba la ácida tensión que desencadenó entre ellos la discusión sobre si había o no que seguir las órdenes del navegador, mientras merodeaban por carreteras imposibles hasta acabar preguntando al paisano de turno como única solución. Mucha gente no ha visto nunca un mapa y otros hace años que no lo miran, por lo que la capacidad de orientación de la especie se ha ido atrofiando hasta llegar a depender de una voz metálica que nos dirige a ningún sitio. Si los antedichos riesgos que representan las vacaciones para la relación los encuadramos en este verano raro que estamos disfrutando, con una olimpiada descafeinada de medallas y cargada de negocio, un tiempo tan bueno como atípico, el espectáculo inacabable del desgobierno y el fondo musical de una balada triste de trumpeta interpretada por esa especie de Jesús Gil americano mezclado con Tonetti que amenaza con hacerse con el timón del imperio... «Estamos perdidos, estamos dejados de la mano de Dios».

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Hasta que el verano nos separe