La canción del verano


Bien pensado, los veranos son un tostón insoportable. Año tras año se repiten sistemáticamente los mismo hechos y costumbres. Giramos sobre idénticos asuntos. La ola de calor, la siesta, el Tour de Francia, los líos amorosos de Lecquio, las Perseidas, las caminatas de Rajoy y los incendios forestales. Los incendios son como la canción del verano que no nos gusta, pero que llevamos con resignación.

Y en los incendios forestales, como en las cantinelas veraniegas de George Dann, nos sabemos la letra de carrerilla. No se cuida el monte en invierno, que es cuando hay que hacerlo; no se dispone de los medios necesarios, no se combate con eficacia a los descerebrados y cuando se les descubre se van con una simple multa; solo se detiene al 5 % de los incendiarios, hay carencia de medios para la investigación, algunos hacen negocio con el fuego y la clase política se desgañita acusándose de dejadez e incapacidad. No falla. La canción del verano nos dice que cada año se utiliza el fuego como arma electoral y así, mientras unos acusan de falta de previsión, los otros apelan a una «actividad incendiaria anormal», la misma que negaron en aquellos años del bipartito cuando los fuegos estuvieron a punto de costarle la salud al conselleiro Suárez Canal.

Es el espectáculo de cada año que se nos presenta más o menos cruel y devastador en función de la sequía, del viento y del número de descerebrados que estén ociosos. Todos los años lo mismo. Y así seguiremos.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
10 votos

La canción del verano