Bendita juventud cuando las parejas se lanzan a la maravillosa aventura de empezar una vida en común apelando a la majadería de «contigo pan y cebolla». Al principio de toda relación hasta sobra la cebolla. Un chusco de pan para mantener cierta fuerza destinada a mirar a tu media naranja a los ojos es más que suficiente. Pero los años transcurren, y como la juventud es la única enfermedad que se cura con el tiempo, las cosas pasan a ubicarse en el lugar que les corresponden, y un jugoso solomillo, de Pascuas en Ramos, se agradece.
¿Por qué les cuento esta insustancial reflexión en este maravilloso verano que estamos viviendo? Pues para avalar la tesis que leo en las páginas de este periódico respecto a que a la vuelta de las vacaciones estivales se incrementa el número de divorcios. Siempre se dijo que en septiembre los abogados matrimonialistas hacen su agosto. Un mes aguantando al antaño ser inigualable, para muchos resulta demasiado. Sobre todo, y vuelvo al pan y a la cebolla, cuando tras soportar el estrés producido por unos niños sin escolarizar, y en muchos casos a monte, la tesorería familiar no permite ni tan siquiera tomarse una horchata tras acostar a la tribu. ¿Quiere eso decir que las clases más acomodadas no se divorcian? En absoluto. Claro que rompen sus matrimonios. Pero estos se dicen las cosas a la cara con la valentía que dan los seis gin-tonic que se han metido entre pecho y espalda después de que otros les hayan recogido a la prole. Eso sí, gin-tonic de hall de hotel de cinco estrellas con pianista incluido. Las formas son distintas, pero el sufrimiento el mismo.