La moda del «look»


Las modas son el espejo de las ideas que, salvo en contadas ocasiones, también son algo efímero y cíclico. En la sociedad consumista, global, exhibicionista y domesticada en que vivimos las modas han devenido un fiel reflejo de lo que somos.

El fenómeno de Instagram, el Facebook, el Twitter, y demás escaparates de la intimidad que nos asedian, son el soporte idóneo para que crezca de forma insólita la importancia del look -exquisito artificio por el que lo rebuscado debe parecer espontáneo- que permite gozar sin límite de la moda de exhibir el espectáculo de nuestros cambios de imagen para admiración del otro y sosiego del propio ego. Esta moda nada tiene que ver con las conocidas hasta la fecha, que pretendían cierta permanencia, como las modas contestatarias del pelo de los Beatles o las crestas de los punk. Las actuales, no duran una temporada. Nada de utopías revolucionarias ni debates metafísicos, es más divertido salir en el YouTube o hacerse bloguero para que la gente te conozca. No hay que comerse el mundo, se trata de que el mundo nos coma a nosotros a mordiscos del mayor número de mirones posibles: tantos te miran, tanto eres. Yo soy yo y mis seguidores.

En la final de la Copa de Europa de 1994, el Milán humilló al Barcelona de Cruyff y fue la primera vez que un futbolista, Marco Simone, calzó botas blancas; fue rompedor y el principio del fin, el fútbol perdió el romanticismo de lo clásico y dio paso a este fútbol moderno, esclavizado por la publicidad y el negocio que ha vuelto a los futbolistas monigotes que venden cosas y look de temporada.

Lo mismo ocurrió con muchos otros deportes que renunciaron a la tradición de su atuendo y cayeron en el infierno de lo efímero de la marca.

Los deportistas empezaron a aturullarse con el asunto del look y se tatúan todo el cuerpo con motivos manga, se ponen en pelotas para vender gayumbos y ya, la última, se pasan el día esculpiéndose la cabeza con las formas y maneras más extravagantes que se pueda imaginar.

Ídolos como Manolete, Di Stéfano o Indurain y todos sus seguidores, jamás habrían caído en un esperpento tal porque en su cabeza solo estaba el juego, el deporte o el toro. No importa ni aporta nada Beethoven con una cresta morada o el enano de Juego de tronos tatuado en el trasero. Ahora sí, y vendería casi más que su música.

Esta esclavitud de la moda del look ha hecho de un genio como Messi un Pokémon con el pelo platino, los brazos taraceados y esmoquin de lunares.

Dios los cría y el viento los amontona.

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