Corredores humanitarios

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

El Atlántico trae y lleva una paz contagiosa. El mar lame la arena de Razo. Unos bañistas espatarrados tragan grandes bocados de rayos solares y el viento masajea sus cuerpos. Las nubes van dejando un mensaje, pero nos hemos hecho adictos a los placebos tecnológicos y ya no los entendemos. Se nos ha roto la comunicación con la naturaleza. Ahora vivimos en las ondas invisibles y es el dedo el que marca nuestra dirección sobre una pantalla de 3,5 pulgadas. De pronto un niño grita por hacerse notar. Los chillidos de los rapaces siempre bajan a uno de la azotea de las reflexiones. En el suelo de nuevo se ve que el verano tiene muchos colores. A lo lejos, un telón de neblina, entre gris y azul, adorna el fondo de las fotos de los smartphones. Al tiempo, la radio sigue escupiendo sangre y tragedias por el atlas que aprendimos en la escuela bajo la amenaza de la vara de caña de los últimos educadores de la dictadura. Como si hubiesen soltado de nuevo a un Theodor Eicke cualquiera a retorcerle los nudillos a la humanidad y encender de nuevo el fuego en el horno de algún satán dispuesto a pintar las calles de sangre. La historia va y viene y, a veces, cuelga por criminal al que luego le levantan estatuas. Debe ser que la voz de la conciencia se entumece con cierta frecuencia. El estío parece más vacío por dentro que nunca. Hasta da la sensación de que los veraneantes llevan un aire autómata. Como si fuesen a la playa por obligación. O se ha roto el cántaro de la credibilidad de tanto ir a la fuente. Alguien escribió que el mal más profundo puede ser silencioso e invisible como esta guerra de desgaste insoportable. Que abran de una vez los corredores humanitarios. A ver si hay manera de salvarse.