Desquites y venganzas

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Tengo la impresión de que nuestros políticos siguen discrepando sin tregua sobre cuestiones que no preocupan a los españoles. Y tampoco parecen nada dispuestos a hablar de las cosas que sí nos preocupan. Por ejemplo, de la formación pactada de un Gobierno capaz de afrontar nuestros problemas y tratar de resolverlos conjuntamente.

Me llama la atención que Pedro Sánchez, el hombre que quería pactarlo todo tras las primeras elecciones, no esté dispuesto a pactar nada tras las segundas. Como un niño enfurruñado por unos fracasos que cosechó con sobrados méritos, ahora parece empeñado en que el PP sufra su misma frustración negociadora, sin darse cuenta de que ningún partido saldrá más perjudicado que el PSOE si vamos a unas terceras elecciones.

Lo quiera admitir o no, Sánchez es considerado uno de los culpables de que se frustrasen las primeras elecciones, al rechazar la oferta del PP de una gran coalición. Este rechazo solo tuvo en verdad un motivo: que Pedro Sánchez no sería el presidente, por tener su partido menos apoyos que el PP. Fue así como el líder socialista nos llevó a las segundas elecciones, en las que, como es sabido, logró empeorar sus resultados.

¿Qué pasaría si, dentro de unos días, viésemos con claridad que debemos ir a unas terceras elecciones? No quiero ni imaginarlo. Pero quien sí debería pensarlo es Pedro Sánchez. Y también Albert Rivera. Es decir, los dos implacables negociadores que llenaron nuestros oídos de acuerdos tras las primeras elecciones. ¿Qué ha sido de su programa conjunto? Parecería lo más lógico presentárselo ahora al PP para ver si lo suscribe. Porque si ni siquiera se le presenta, ¿cómo no pensar que era solo un acuerdo para lograr el poder, con Sánchez de presidente del Gobierno y Rivera de vicepresidente?

Decía Churchill que «si el presente trata de juzgar el pasado, perderá el futuro». Creo que algo de esto está ocurriendo ahora en la cabeza de Sánchez, que quizá ya se ha convertido en un perdedor inconsolable y resentido. Reza un proverbio que «añorar el pasado es correr contra el viento». Y da la impresión de que él no para de añorar ese pasado y aún pedalea contra el mismo viento que ya le impidió ser presidente del Gobierno. Una lástima.