Mi generación es heredera de dos festivales míticos que hicieron que el mundo tuviera una segunda lectura después de que se diluyeran los ecos de Woodstock y Wight. El primero de ambos tuvo lugar en el verano de 1969 y tuvo varias ediciones hasta 1995. Contaban que asistirían al programa de conciertos más o menos seis mil personas y se contabilizaron doscientas cincuenta mil. Fue en el pequeño pueblo neoyorquino la fiesta de exaltación del movimiento jipi. Cómo me hubiera gustado escuchar a Jimi Hendrix interpretando en un solo de guitarra el viejo himno norteamericano. Y ese mismo año, la pequeña isla británica proclamó el mítico concierto europeo con Bob Dylan. Mi adorado Zimmerman a la cabeza, precisamente el gran ausente de Woodstock. Pese a ser su pueblo de nacimiento, no actuaría allí hasta 25 años más tarde.
En fin, no quiero que esto suene a batallitas de abuelo Cebolleta ni a un epílogo nostálgico de un viejo roquero que se niega a envejecer. Yo era más bien de The Doors y de Led Zeppelin, que al igual que yo nunca acudieron al legendario festival, aunque tengo una memoria sentimental de haber estado allí, sin haber estado.
Han pasado varias generaciones y en ese Finisterre occidental llamado Viveiro ha existido un milagro, un empeño creciente que ya lleva once ediciones, y en el pueblo silente que duerme once meses al lado de la mar, como una ostra cerrada que encierra una perla salvaje en su interior, se le ha dado la vuelta a la historia y ya tiene una banda sonora propia con acordes contemporáneos que hacen que los miles de decibelios naveguen la mar océana convirtiendo a Viveiro, al viejo pueblo resucitado, en una de las capitales mundiales de la música trash, la banda metálica del punk radical.
Y el prodigio se ha producido por la obstinación de un par de rapaces, con Iván Pérez a la cabeza, y la mirada visionaria del añorado alcalde Roel, que convirtieron su afición en marca y hoy la marca España, la marca Galicia tiene un santo y seña que este año avalan Volbeat y Offspring, con setenta bandas llenando de música los tres escenarios donde actuaron los anarquistas científicos de Bad Religion, que han vuelto a Celeiro para avalar el broche de oro de los míticos Iron Maiden.
Celebro enfáticamente que Viveiro sea una referencia europea en este tipo de música, y que la organización haya profesionalizado al máximo este evento, que comenzó hace once años como un pasatiempo de verano.
Hoy, volviendo de un viaje a Galicia, coincidí en el vuelo con una banda que regresaba del Resu. Eran los británicos de H2O, que literalmente alucinaban con el altísimo nivel de organización, la calidad de los grupos, la belleza del pueblo, el sabor del pulpo y hasta de la tormenta que fugazmente asistió al festival.
Como en Woodstock, en Wight, tampoco pude estar en el Resu. Tendré que volver, tal vez cuando el cabeza de cartel sea Kiss, tal vez. Viva el Resu.