El general José Julio Rodríguez, antiguo jefe de Estado Mayor de la Defensa, no tiene quien le vote. En las dos elecciones a las que se presentó por Podemos -en diferentes circunscripciones, Zamora y Almería-, en ambas se quedó fuera del hemiciclo. Es lo malo que para algunos tiene la democracia. Que el pueblo soberano es al final quien decide con sus votos.
Pero que el militar se quedase sin escaño en el nuevo Congreso de los Diputados no sería en absoluto preocupante, sino fuese por la antidemocrática reacción de nuestro antaño uniformado paisano. «Si hay algo deprimente es que la mitad de los electores no quieren ningún cambio. No creen en la ética, y eso? Empieza a ser peligroso». Lo escribió en su cuenta de Twitter y se quedó tan ancho como la Castilla de Machado. Para este demócrata que ejerce como tal en un partido financiado por Venezuela, y de claras convicciones leninistas, los ciudadanos somos unos impresentables peligrosos y carentes de la más mínima ética por no haber optado por su formación. La culpa de los males de España es de los españoles, que no han sabido entender el mensaje de su partido. Después no nos quejemos. El general y los suyos nos lo han puesto a huevo y los hemos ninguneado. Admito pertenecer a esas decenas de millones de electores carpetovetónicos, escasamente éticos y altamente peligrosos que no hemos votado a Podemos. Evidentemente los españoles que no confiamos en la formación morada somos los exclusivos culpables de cómo está el país. El coronel que inmortalizó García Márquez no tenía quien le escribiera. El general Rodríguez, por el contrario, no tiene quien le vote. Y lo lleva fatal.