«Vae puto deus fio»


Uno de los grandes riesgos que corren los políticos es el del endiosamiento. Ese espejo mentiroso que cada mañana los sube a un supermundo en el que las miserias de los demás mortales son relativas, cuando no ya directamente obviadas o convertidas en estadísticas. Ese fenómeno por el que se van alejando de la realidad y abrazando el pilar de la gloria eterna que los sitúa al margen. O sino no se explica. De hecho, no es una tentación de ahora. Es algo que viene de siglos. El emperador Vespasiano, ante el trance de la muerte, se chanceaba con su trascendencia: «Ay de mí, creo que me estoy convirtiendo en un dios», vae puto deus fio. El romanista de origen laxense Luis Rodríguez Ennes escribe en uno de sus documentados estudios que los mandatarios de aquel tiempo gustaban de presentarse ante la plebe como ungidos por las divinidades. Del mismo modo cuenta que Marco Antonio, después de ganar la batalla de Farsalia, se paseaba por Roma en un carro uncido por leones, a modo de Cibeles. Pompeyo, en otro momento glorioso, intentó hacerlo tirado por elefantes pero el artefacto no pasaba por la puerta triunfal.

No es, por tanto, extraño que por mor del elefantiásico ego de los dirigentes el país siga manga por hombro y se vislumbren complicadas las alianzas. La marea de la duda amenaza con inundar el paraíso de la gobernabilidad. La ruleta de la campaña se ha callado y llegó el silencio frío, que hiela. El exceso de ruido impide que se perciban las ideas, pero tampoco ahora surgen claras para el arreglo. Existimos, pero en la ausencia de una clase política que lidere la nave en este océano violentamente sacudido por maremotos de incertidumbre, corrupción y precariedad.

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