Que salga, que apague la luz. Vuelvo a citar la frase escrita en un aeropuerto del cono sur americano, porque hoy está más vigente que nunca. Y no precisamente en Iberoamérica, sino en España, y muy particularmente en Galicia. Tras la resaca prevista de los resultados electorales aferrados a un mantra reiterado de quienes se niegan a escuchar el mensaje de la ciudadanía expresado el pasado veintiséis, y todavía no repuesto de que como escribió hace setenta años el viejo diario británico Times que tras una galerna en el Canal de la Mancha tituló a cuatro columnas que el continente, o sea, Europa, estaba aislado. Sintiéndome extranjero en Gran Bretaña cuando estaba aprendiendo a sentirme europeo, regreso a la tristeza patria, al reino de los muertos, al recuento del censo que reitera que son más los fallecimientos que los nacimientos y que el saldo resulta a todas luces negativo. No son únicamente los que no vienen -los nuevos inmigrantes- y los que se van. Son los que se mueren y la contabilidad negativa de los que no nacen. Este año, a 1 de enero, somos menos los españoles, los cuarenta y seis millones de ciudadanos, que comenzamos a mermar en un cómputo decreciente.
Este año se han ido más o menos cien mil españoles. Se han dado de baja, y de esos cien mil, uno de cada diez era gallego, en torno a los diez mil, y la franja de edad de los que se han ido era entre veinticinco y treinta y seis años. Nuestros mejores rapaces. Muchos de ellos son titulados universitarios que se han ido a buscarse la vida en oficios muy alejados de su preparación laboral. Son camareros en bares y pubs, vendedores en cadenas comerciales, en toda Europa, en todas las capitales europeas, pero muy especialmente en las grandes ciudades británicas con Londres a la cabeza, donde el español es el segundo idioma hegemónico.
Nuestros conciudadanos viven en pisos pateras en barrios periféricos, trabajan más horas que sus homónimos ingleses, sufren, muchos de ellos, una profunda discriminación laboral, y al cabo de los años no van a encontrar un billete de vuelta.
Debimos, los gallegos, haber cometido un gravísimo pecado original, que nos ha castigado con emprender cíclicamente el camino de la emigración, Si antes fue a Iberoamérica con Cuba y Argentina a la cabeza, después Venezuela, luego Francia, Suiza y Alemania, y cuando creíamos que el castigo se nos había levantado, y el éxodo concluido, llegó la tercera gran oleada y las puertas del aire se abrieron a quienes buscan sobrevivir lejos de su lugar de nación.
Galicia se está convirtiendo en un inmenso geriátrico, una suerte de residencia perpetua para la tercera -y más- edad y urge, candidato Feijoo, subrayar en el punto primero del programa electoral medidas que dinamicen el crecimiento demográfico y que no conviertan a Galicia en un país para viejos.
El último en salir que apague la luz, al menos la luz roja que anuncia el peligro de la despoblación en un país que se queda sin brazos que puedan levantarlo.