Parece que el votante del PP ha dejado de considerar la corrupción un argumento político disuasorio. España vendría siendo así. Las primeras mamandurrias que llegaron a los periódicos vaticinaban una catarsis colectiva y un acto de contrición político con algún sacrificio personal, pero nada de eso ha acontecido finalmente. Rajoy no solo sobrevivió al «Luis, sé fuerte», sino que volvió a ser candidato en dos ocasiones y hoy defiende su blindaje aunque este signifique un problema para su partido. Así que, efectivamente, la corrupción importa lo que viene siendo un bledo. De hecho, cuanta más corrupción conocemos menos nos afecta. Su relato se ha convertido en una chicharra molesta que no penetra en gran parte del cuerpo electoral. Decía Eco que el exceso de información produce amnesia y en ese proceso andan algunos. A Rajoy le emociona una alcachofa pero nada ha dicho de que alguien pensara en envenenar el río Ebro con ácido clorhídrico para favorecer a empresas amigas. La animalada es uno de los hits más zafios del caso Acuamed, empresa pública del Ministerio de Agricultura. El juez investiga el robo de cientos de millones de euros entre los años, atención, atención, 2007 y 2014 cuando ya se había instalado el discurso oficial de que la corrupción, además de una perversión personal e intransferible de un puñado de degenerados que un día se colaron en el PP, era un feo asunto del pasado. No solo ya no avergüenza a casi nadie sino que muchos se ponen estupendos cuando se les habla de malversaciones y cohechos. Como si preguntar empezara a ser una cuestión de mal gusto, siguiendo esa tradición tan burguesa de dejar la mierda bien resguardada debajo de la alfombra. El cadáver puede apestar pero por favor que no se le vean las vergüenzas. Sería una vulgaridad muy de la chusma.
Y en estas dijo ayer Rajoy en La Voz: «Lo peor que le puede pasar a España es que gobierne Iglesias».