El epílogo

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

Lo peor del debate no son los prolegómenos, que duran más que la previa del España-República Checa. Tampoco el horario tercermundista y delirante. Ni siquiera las poses estudiadas y relamidas de los cuatro candidatos y su discurso robótico, un argumentario memorizado a conciencia en plan opositor calvo a notarías.

Lo peor del debate es todo lo que viene después. El photocall a la salida. Los militantes con sus banderitas en la puerta de las sedes, como celebrando algo. Y los chiringuitos y tertulias afines donde todos han ganado porque hace tiempo que el periodismo ha sido reemplazado por el forofismo. Pero sobre todo, lo peor del epílogo del debate es cuando el aspirante a la Moncloa enciende el pitillo poscoital y te mira a los ojos:

-¿Qué tal he estado?

Si les sueltas eso que las madres de antes llamaban una mentira piadosa y les dices que estuvieron fantásticos, igual se vienen arriba y quieren repetir, y uno ya no está para soportar dos debates en una sola campaña. Así que lo mejor será darles a probar su propia medicina y responder con alguna de sus frases prefabricadas.

Si Mariano Rajoy insiste en saber si estuvo a la altura, la réplica es obvia:

-Gobernar no es fácil, aquí no se viene a hacer prácticas, se llega aprendido.

Cuando Pedro Sánchez, que citó once veces la presunta pinza entre PP y Podemos, pregunte por su rendimiento, le recordamos que nada de tríos:

-Agradezco la mano tendida, pero antes de cogerla me gustaría que soltara la del señor Rajoy.

A Albert Rivera no le vamos a sacar un tuit pintado en un cartón, pero si se pone pesado con saber si ha dado la talla, le propinamos la letanía que le birló al mismísimo Iglesias:

-No te pongas nervioso.

Y si Pablo Iglesias exige que puntuemos sus habilidades de macho alfa, lo tenemos claro:

-¡Y tres huevos duros!

Y para que no salga un Van Gaal con la murga de nunca positivo, siempre negativo, tengo que admitir que sí hubo quien cumplió en el debate.

Sucedió al principio de todo y nada de lo que pasó durante las dos horas y media siguientes lo pudo superar. Fue un instante de pura espontaneidad televisiva. Lo logró la regidora cuando se plantó en medio del plató dando voces para expulsar a los fotógrafos. Qué liderazgo. Qué carisma. Después, ya todo sonó a mansurrón.