Se escribe demasiado. Se lee poco y mal. No lo abrumaré a usted, lector, con estadísticas e irrefutables datos. Están al alcance de su mano. Prefiero especular sobre la vulgaridad de este presente casquivano.
Me cuentan los editores, que son los últimos mohicanos del circo cultural, que reciben un número altísimo de originales. Sean novelas o poemas, sean obras de autores de reputada solvencia o noveles instigados por el hábito de la ficción. Sin embargo, los mismos editores se quejan con toda razón de las escasas ventas de los libros. En especial, de los buenos libros. Ya no leen ni los escritores, ni los profesores, me dicen. Y quizá sea cierto. Yo me he preguntado muchas veces cuánto y cómo leen esos que pasan media vida de estrado en estrado, de acto en acto, ahogados por su propia mercadotecnia. Leen muy rápido, quizá. O leen sin leer apenas: sin repensar lo leído. La reflexión se ha desterrado en esta dictadura de la frivolidad que padecemos.
Montaigne, el sabio que en una torre escribió uno de los libros indispensables de la humanidad (los Ensayos), aseveraba que el mundo no es más que pura charla y que cada hombre habla más de lo que debe. El tiempo se nos va en palabrería, podemos leer en la magna obra de Montaigne. Cierto. Y más en esta campaña electoral permanente. Todo imagen. Vana y bana. ¿Se ha fijado usted en que ya nadie anda con libros o periódicos bajo el brazo? Y lo que es peor, ¿se ha fijado en lo que leen nuestros dirigentes políticos? Uno, el Marca. Otros, el Indignaos de Stéphane Hessel, como si fuese la Biblia. Son los malos tiempos, señor, le decían a Pedro Páramo en su deambular por Comala. Unos tiempos de grisura y mojama, tiesos.
Frente a este panorama importa, más que nunca, leer bien. No seducidos por las campanas del mercado o las prescripciones infantojuveniles (qué espanto), sino capturados por la voz permanente de los buenos libros, esos que nunca pasan de moda. Porque entre leer mal y no leer, me quedo con lo segundo. Y disculpen mi heterodoxia. Porque entre un analfabeto y un lector estúpido, elijo al primero.
Se lee más que nunca, dicen los rehenes de las pantallas. Se lee en 144 caracteres. En Facebook y su exhibición impúdica de la intimidad. En las redes sociales donde los estultos se siente algo en su leve nada. Vale más Twitter que la Constitución redactada por siete sabios. Más la vocinglera y zafia Belén Esteban que los poemas de Gamoneda (alguno de sus libros ha vendido unas decenas de ejemplares). Comprenderá usted que, llegado hasta aquí, pueda afirmar y afirmo que este mundo me produce congoja. Por no decir asco.