La estelada, la Copa... y la empanada


Aunque el asunto resulta jurídicamente discutible, creo que el auto del juez que ha suspendido la prohibición de llevar banderas independentistas (esteladas) a la final de la Copa del Rey se ajusta más a lo previsto en la Ley de Deporte que la orden dictada previamente por la delegada del Gobierno de Madrid. Esa orden planteaba, de hecho, dos problemas: uno de interpretación normativa, que ha resuelto quien legalmente podía hacerlo; y otro de eficacia, pues era más que dudoso que la prohibición de portar esteladas pudiera hacerse efectiva por la autoridad que la dictó sin poner en manos de los separatistas la oportunidad de provocar un conflicto muy superior al que trataba de evitarse.

Pero todo lo apuntado, claro está, constituye solo una de las caras del problema planteado por quienes asisten a la final de la Copa del Rey solo para convertir en una algarada política esa jornada deportiva. Y es que, con un desprecio hiriente no solo para los millones de españoles que fuera de Cataluña desean ver un partido y nada más sino también y sobre todo para los cientos de miles que dentro de Cataluña están hartos de que cualquier final del Barça acabe secuestrada por la secta fanática del independentismo, esta se ha propuesto amargar una fiesta deportiva a todo el mundo, con una monomanía, que, más que de juzgado de guardia, es ya de psiquiatra.

¿O no creen ustedes que quienes se proclaman militantemente antiespañoles y antimonárquicos deberían hacerse mirar su obsesión por ganar un trofeo deportivo -la Copa del Rey- que no puede sino representar aquello (España y la monarquía) de lo que ellos abominan? ¿No sería consecuente con su separatismo y su republicanismo que los de las esteladas -empezando por su abanderado mayor: el presidente de la Generalitat- pasasen de la final de la Copa del Rey para demostrar así su olímpico desinterés por España y lo español y su coherencia con la voluntad de desconexión que proclaman noche y día?

Pero no: los independentistas quieren hacernos a todos los españoles la puñeta, y desnaturalizar el sentido genuino de lo que no es más que un partido de fútbol, haciendo ondear las esteladas y pegándole una monumental pitada al rey, pero sin renunciar a llevarse la copa con su nombre para casa. Un psicoanalista habilidoso haría maravillas con estos sujetos que odian lo que desean y desean lo que odian.

Dejémonos de historias: lo que cualquier independentista catalán que se precie de serlo debería reivindicar no es poder asistir a la final de la Copa del Rey con esteladas sino la inmediata retirada de los equipos catalanes de las competiciones deportivas españolas para organizar una liga propia y una copa de ese presidente de la República al que aspiran. El hecho de que tales reivindicaciones no figuren en su programa de desconexión separatista pone de relieve con toda claridad la empanada mental de tantos catalanes que están dispuestos a independizarse mientras ello no suponga ningún cambio sustancial en los vínculos que unen a España y Cataluña. Homérico, como diría en El hombre tranquilo, el formidable señor Flynn.

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