Ya tenemos la primera encuesta del CIS con intención de voto. Tiene un valor muy limitado por dos razones: porque fue hecha sin tener en cuenta la coalición de Podemos e Izquierda Unida y porque el propio CIS demostró en su último barómetro que esto ya no es lo que era. Antes la campaña electoral tenía muy poca relevancia en la intención final de voto, y en diciembre decidió nada menos que el 36 %, y un 80 % de los votantes de los nuevos partidos lo decidieron en los últimos días. O sea que el venerable Centro de Investigaciones Sociológicas hizo un esfuerzo grande, pero de discutible utilidad para orientar a la opinión pública y para influir en la estrategia de los partidos políticos.
A pesar de estas limitaciones, la encuesta deja alguna señal orientativa sobre el estado político del país. La primera, la magnífica resistencia de Ciudadanos ante los acosos de la derecha para identificar a este partido con el PSOE y presentarlo como su brazo armado. Dolores de Cospedal llegó a decir que «votar Ciudadanos es votar PSOE» y no hay día que algún dirigente popular no recuerde que Rivera ha sido el único que votó la investidura de Pedro Sánchez. Por el momento no ha funcionado, resultó una campaña estéril y el PP no ha recuperado ni un solo voto de los que Albert Rivera le arrebató el 20 de diciembre.
Segunda señal, este país sigue siendo mayoritariamente de izquierdas. Los partidos de esa ideología, desde el moderado PSOE a los más radicales de ámbito estatal o los independentistas, suman más intención de voto que los partidos que consideramos conservadores. Si algún día consiguen tener un partido emblemático como la derecha tiene al PP, ocuparán el poder. Y, como muchos de esos partidos pretenden la ruptura con el actual orden constitucional, se constituyen en un factor de inquietante incertidumbre a largo plazo. Esa es una de las singularidades españolas frente a la estabilidad y solidez de los sistemas del resto de la Unión Europea.
Y la tercera, que la orina del enfermo no tiene buena pinta. Por mucho que cambie el voto, sigue el mismo cuadro que llevó a la repetición de elecciones: nadie se acerca a la mayoría suficiente para gobernar y continúa sin haber ambiente de pacto. Durante los últimos días quedó claro que el PSOE nunca pactará con el PP ni lo dejará gobernar por mucho que lo pida Felipe González; que el PP no dejará gobernar a Pedro Sánchez, salvo imprevisible milagro; que Albert Rivera no va a conseguir la cabeza de Rajoy; y que a Pedro Sánchez no le permitirán ser vicepresidente con Pablo Iglesias, y así sucesivamente. Señores, o cambian mucho las cosas y las personas, o en junio acabaremos como en diciembre. Háganse a la idea.