Prince, el Bowie negro

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

David Bowie, el príncipe blanco. Prince, el Bowie negro. Dos seres andróginos venidos del más allá para revolucionarnos. Dos dandis que eran capaces de darle al pause a la velocidad de la luz, de componer el vértigo. Se han ido el mismo año. Prince era un puente. Es un puente. Se dinamitaba a sí mismo para llegar más lejos. Y luego construía otro puente, con más estilos. Una y otra vez. Así funciona el arte auténtico. Te infectas de los que te precedieron y, si eres bueno de verdad, creas para los que vendrán y se inspirarán en ti. Cogió la música negra popular e hizo un pop muy especial. Como todos los genios, extraño, pero necesario. El puente entre el soul y el funk hacia esa maravillosa infección que solo se puede nombrar como el pop de Prince. Como dijo mi compañero Xesús Fraga en La Voz, sus canciones bebían de la sexualidad gozosa de Little Richard y de la inconformidad instrumental de Jimi Hendrix, envueltas en el guante de Marvin Gaye. Prince nació un montón de veces. Lo necesitaba. Se peleó con todos y con todo. Su estudio de grabación era un laboratorio. Siempre experimentando. Era inventor. Ambiguo. Mestizo. Contagioso. Pero su fórmula llegaba. Podía componer himnos que te hacían crecer varios centímetros. Podía envolverte con una canción. Mezclaba el cielo y el infierno, porque los extremos siempre terminan por tocarse. El toque Prince es un misterio. De ahí su éxito, su marca. Tal vez, porque era de Mineápolis, entendía de nevadas y por eso sabía hacer que la música sonase igual que la nieve cuando cae como plumas.