Recién llegado de La Meca, un compañero de oficio compartió su extrañeza por la presencia de camellos por las cunetas de Arabia. Desde este Finisterre, las chepas de estos artiodáctilos son una degeneración exótica que solo se concibe a través de un plasma. La tele, lo sabe Rajoy, establece una distancia profiláctica con la realidad que confunde los límites de la verdad, así que ver a tantos camellos paseando su pachorra como Perico por su casa le confirmó al fin al compañero que estaba en otro mundo.
Una perplejidad homóloga sentiría un saudita en Baroncelle ante el contoneo flemático de una vaca. Esta parroquia de Abadín pasa por ser la capital de la caldelá, una de las cinco razas autóctonas que hay en Galicia. Cada territorio se identifica con un animal y aquí las cosas van de vacas. Hay incluso una discusión epistemológica sobre el número exacto de las que habitan en Galicia, la convicción de que desde el millón de Manuel Rivas la cosa no ha hecho más que ir a peor. Es como si con cada par de cuernos que desaparecen nos desgastáramos un poco más, como si se fuera borrando nuestra identidad en un proceso silencioso que conducirá a la extinción sin que nadie mueva un dedo. Todo sucederá ante la mirada oceánica de las vacas, con sus decadentes pestañas definitivamente doblegadas. Lo último ha sido la espeluznante agonía de 40 de ellas en Friol. Las mató un hombre de hambre en un ejercicio que casi fue de antropofagia. Es fácil sentir un respingo incómodo que amplía el lógico cabreo que provoca un suceso así. Que sean vacas lo hace mucho peor. Quizás porque mientras ellas mueren, también nosotros nos extinguimos, en un proceso en paralelo que a nadie parece importarle demasiado. Cuando el 26 de junio se repitan las elecciones votaremos 10.000 gallegos menos que en diciembre. A este paso habrá que traer camellos para que hagan de vacas; y saudíes para que ejerzan de gallegos.