Primero, intereses contrapuestos hicieron inviable evitar una guerra, que lleva ya cinco años de desastre con un enrevesado panorama de frentes entrecruzados.
Mientras las familias que se iban quedando sin escuelas, sin hospitales y sin casa, se fueron amontonando en Turquía y otros países limítrofes, el de Siria seguía siendo solo un conflicto lejano.
Solo empezó a ser un problema cuando, empujados por las bombas y la falta de alternativas y engañados por las mafias, empezaron a llegar a las costas europeas miles de hombres, mujeres y niños que aspiraban a buscar aquí el futuro que ya no podían tener en su país.
De nuevo la guerra de intereses hizo desechar la opción de la integración, sustituida por vagas promesas y bailes de cifras, mientras se levantaban kilómetros de vallas en las fronteras.
Como seguían llegando y eran ya demasiados los que se agolpaban en el felpudo de la puerta de Europa, había que buscar la manera de quitárselos de encima. Y se encontró el apaño de pagar para que alguien los contuviera al otro lado del Egeo, evitando el penoso y siempre inoportuno espectáculo de las lanchas llenas de gentes ateridas y los cadáveres de niños ahogados.
Cuando los que se quedaron clavados ante las vallas en Idomeni se creen los bulos sobre una idílica apertura de fronteras, se les despierta de su efímero sueño con gases lacrimógenos. Más de 200 heridos por expresar a pedradas su desesperación. Para que no olviden cuál es la postura del continente supuestamente más culto y civilizado.
Esta Europa empieza a recordar demasiado a la de los viejos fantasmas que parecían enterrados para siempre.