El A Fondo de ayer de La Voz era, una vez más, un florilegio de lucidez. Y la lucidez, sinónimo del mejor periodismo, nos sirve para entender mejor el mundo. Ayer versaban las primeras páginas sobre la educación. Uno, después de leerlas, concluye que vivimos en una sociedad donde los hijos están sobreprotegidos, la enseñanza atosigada por los padres y los profesores cansados de esta situación. Confundir al padre con el amigo no es aconsejable. Y pensar que el profesor no está para enseñar sino para seguir las consignas de los progenitores, un disparate.
La nuestra es una enseñanza mejorable. Pero no será por la buena voluntad de los docentes. Se actualizan constantemente con cursos de formación, pelean en circunstancias desfavorables para que los niños del rural y las ciudades tengan las mismas oportunidades, se dejan la piel y el alma levantando de verdad el país. Porque un país es la imagen de sus niños. Somos su rostro: ellos son nuestro futuro. Y no nos confundamos, el futuro no solo está hecho de grupos de WhatsApp y de opiniones, sino también de disciplina y jerarquías y respeto. Últimamente se han perdido estos sustantivos. En la familia, porque los padres son amigos. Y en la escuela, porque los profesores han perdido autoridad. Queremos ser tan modernos y actuales que nos estamos despeñando.
Yo he llegado siempre tarde a mis citas con la actualidad. De lo moderno no me agradan ni los modernistas (salvo Valle Inclán, a quien uno puede perdonarle todo). Me quedé, romántico, un poco más atrás: en el filo decimonónico, tan exaltado y propenso a la imaginación. No sé cuántas libretas he utilizado a lo largo de mi vida de escritor. Alguna aún conservo. Notas, ideas que después se rebelaron (y revelaron) de forma distinta en mis libros. Aún las utilizo, las libretas. Y cuando imparto clases opto por mancharme las manos de tiza: su olor me arranca ideas en ciclón. Esto no quiere decir que desdeñe la informática. Pero a estas alturas ya no voy a cambiar. Sigo con mis libretas y la pizarra, aún recito versos en clase y le digo a mis alumnos que solo hay una escuela para ser escritor: la lectura. Y ahora resulta que la OCDE y los Estados Unidos me dan la razón. Allá, en la América próspera, han optado por retirar ordenadores en muchas aulas hiperinformatizadas; mientras que la OCDE afirma que la informática no ha mejorado el rendimiento académico. Ya sé que soy un anticuado, pero no rehúyo de las libretas. Tampoco de la disciplina o la autoridad del profesorado. Y aconsejaría no tirarlas al camión de la basura. Ellas, a veces, son más útiles que el WhatsApp. Los maestros lo saben. Los padres sobreprotectores también debieran saberlo.