Los primeros en marcharse fueron los perseguidos por sus opiniones políticas. Lo hicieron ya desde los setenta, en cuanto Hafiz al Asad apretó el lazo de su dictadura sobre Siria. Les siguieron los mejor preparados y los emprendedores. Dejaron atrás sus raíces, e incluso a su familia, y se integraron en las sociedades de acogida con discreción para no airar a los servicios de inteligencia sirios y así no perjudicar a los que quedaron atrás.
Tras el levantamiento del 2011, muchos más sirios decidieron salir del país, pero la mayoría se quedaron por temor a tener que iniciar una nueva vida, por lealtad a su patria, por falta de recursos o por quedar atrapados en zona de guerra.
Transcurridos tres años de guerra, la irrupción del brutal grupo de fanáticos del Estado Islámico solo añadió barbarie a la sinrazón del enfrentamiento. La población civil se vio abocada a una tesitura horrible: morir lentamente de hambre, frío, enfermedad y heridas de guerra o lanzarse a la terrible odisea de recorrer Siria entre grupos enfrentados, para después cruzar un país hostil, Turquía, y llegar a Europa con la falsa esperanza de una acogida solidaria. Pero la realidad resultó diferente: un carísimo y a veces letal pasaje al infierno del Mediterráneo, y una peregrinación por tierras desconocidas hasta llegar a un campo donde languidecer a la espera de una decisión.
Una decisión que ha tardado demasiado y que no solo no soluciona la situación de los que esperan en tierra de nadie, sino que supone una puerta giratoria que les devolverá a Turquía y a la desesperación.