El clásico es Antígona. Nada mancha más que el dinero. La mancha humana (Philip Roth). El Derbi es un café de Santiago, donde los camareros llevaban una chaquetilla blanca y el tiempo se ahogaba como caracoles en los ceniceros. El clásico del sábado fue un clásico de verano, como el tinto de verano. El Barcelona, me niego a llamarle el Barça, empezó jugando como sabe. Y sabe más que Belén Esteban. Encima Zidane orquestó como si Benítez siguiera en el banquillo. Cuando mejor jugó el Barcelona, menos marcó. Sus tres antisistema de arriba fallaban más que Pablo Iglesias desde la cal viva. Entonces marcó el punto de fiebre de Piqué en los clásicos y el clásico de verano volcó del todo. Al Real le salió la chulería de Chamberí, y al Barcelona, el miedo a los picapiedra del Atlético en la Champions. Y entonces fue que Benzema hizo una media chilena pensando en Valbuena y que Cristiano se puso el traje de superhéroe para ganar. Así parece que queda Liga. Pero entonces, en Galicia, en esa aldea gala que es Galicia, empezaba el derbi de la lluvia y daba igual qué pasaba y pesaba entre los dos colosos. Nada más gallego que empaparse. Un derbi que terminó en modo épico María Pita para el Dépor (el Coruña, en el lenguaje de Abel, ese replicante de mercadillo de A Pedra de Paco Vázquez), frente a un Celta que no podía con nueve y el cojo tico, el que marcó el gol blanquiazul. Nolito empató con un tanto de esos que se envuelven en papel de regalo. Todo sucedía el día que Feijoo anunciaba la última cruzada.