¿Por qué nos odiamos tanto?


El profesor Barreiro Rivas acostumbra a ser brillante, incluso -o fundamentalmente- cuando le lleva la contraria al mundo. Pero hay días en que su brillantez se torna sublime y dona a quien lo lee un hálito indescriptible -llamémosle fulgor- capaz de iluminar su intelecto. Ayer fue uno de esos días. Decía el maestro, grosso modo, que los males están dentro de nosotros mismos y nos empeñamos, tercos y obcecados, en buscarlos en otras latitudes (sean geográficas o ideológicas). Y uno, que recibe constantes admoniciones sobre lo mal que se vive en Galicia y la perfidia del sistema, recuerda a Bertolt Brecht: «El que no sabe es un imbécil. El que sabe y calla es un criminal». Utilizo la sentencia en propio beneficio del argumentario que escribo reflexionando en torno a uno de los peores males del presente: la corrección política. (Obviamente, citar a Brecht no es baladí. El escritor de Baviera, comunista convencido y premio Stalin, es un recurso habitual del «pensamiento único»).

La corrección política es la que ha llevado al silencio de la intelectualidad ante asuntos tan ominosos como la independencia de Cataluña. La misma que se ha mostrado muda frente el avance de la intolerancia, la que ha convertido el patio de la actualidad en un monólogo contra el catolicismo -hasta, y principalmente, en Semana Santa-, la que silencia la cochambre de los Pujol, Andalucía y su izquierda y sus sindicatos. La corrección política que empuja a sentir rencor hacia nosotros mismos. La que no reconoce lo que hemos avanzado en estos últimos cuarenta años. La que no sabe amar otra cosa que no sean sus dogmas y doctrinas.

Vivo a quince minutos de Portugal. Acudo allí con frecuencia. Desde niño aprendí a leer en portugués y agradezco a las librerías de Chaves, tanto como a las gallegas, toda la ventura que han regalado a mi vida. Sería fácil hacer una comparativa referenciada con cifras para ratificar las bondades de Galicia y España. Portugal, su copago sanitario: una urgencia básica -sin especialidad-, 15 euros. Una consulta médica normal, cinco. La atención de un enfermero, cuatro euros y un análisis, una radiografía y un tac en un hospital, 50 euros. Lo que pagan por sus medicinas. Sus sueldos medios. Sus pensiones. Su sistema educativo público y sus comedores, sus viviendas públicas. O sin ir más lejos, sus trenes, autobuses o autopistas. A quince kilómetros del lugar donde escribo esta columna. La misma que comenzó para agradecer al profesor Barreiro Rivas su brillantez y termina proclamando, con vehemencia, un alegato contra el autoodio.

Es un concepto del que hemos oído hablar mucho en Galicia. De vez en cuando, afirmo, no estaría de más querernos un poco. Presumir de lo que tenemos y lo que somos. De nuestras libertades y progreso. Queda mucho por hacer, cierto. Y tenemos la urgente obligación de desterrar para siempre la pobreza. Pero también es verdad que debemos sentirnos orgullosos de lo que entre todos hemos conseguido. Porque quien no lo sabe, es un imbécil. Y quien calla, decía el aclamado Brecht, un criminal.

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