Cinco días después de la carta del gerente de las Mareas gallegas, Pablo Iglesias, aún me tiemblan las entrañas. Como telarañas abanicadas por un insecto, el de Kafka. Empezaba diciendo: «Nacimos para cambiar el curso de la historia social y política de nuestro país». Luego hablaba de la belleza (David resistiendo a Goliat). Y de la envidia del resto de mortales por no ser capaces de vislumbrar en sus ojos el brillo de lo sublime. Escribió esa misiva para sus círculos y fluencias y confluencias poco después de, dedocráticamente, eliminar al número tres de su organización piramidal: de arriba abajo, y no como ellos pretendían en sus asambleas y cuando se desgañitaban en Sol, Madrid. El sátrapa no consiente disidencias. Los fulmina y punto.
No entraré en el contenido de la meliflua carta, ni en los múltiples conflictos territoriales de Podemos, porque a estas alturas usted ya sabe quién es Iglesias Turrión. Selló con un beso y con teatral representación sus intervenciones, acompañado de su gavilla. No faltó el afecto materno con Bescansa y su hijo en el coso parlamentario. Ni la declaración de Monedero: «Somos una máquina de amor». Ni las lágrimas: tan emocionado estabas, Pablo. Cualquier persona perspicaz diría basta. Pero callaron. Y yo, como gallego, me pregunto por qué callaron también los diputados de En Marea. Silencio y más silencio. Los seis que fueron a Madrid para representar a Galicia -decían- consienten esta humillación a la inteligencia. Cómo no se sublevan y recriminan a este ególatra pontificador que se cree en posesión de la verdad absoluta, que actúa como un tirano y que, por encima, escribe cartas estúpidas.
André Glucksmann, que fue comunista antes de convertirse en látigo de la izquierda, escribió sobre la estupidez. Falleció en noviembre del 2015. Quizá dedicaría un tratado a Podemos y la simpleza posmoderna que concita. Antes, Carlo Cipolla había formulado su teoría de la estupidez. Primera ley: Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación. Baste observar la actualidad para ratificarlo. Pero había un quinto argumento, concluyente, con el que este historiador económico cerraba su conjetura: el estúpido es el tipo de persona más peligrosa que existe. Cierto. Sin embargo, algunos no lo creen así. Pedro Sánchez, el primero. ¿Pactará con ellos? ¿De verdad alguien imagina a Podemos, que no se gobierna ni a sí mismo, gobernando España? ¿Y Galicia? Nacimos para cambiar el curso de la historia social y política de nuestro país. Qué humilde argumento. La belleza de David resistiendo a Goliat. Una máquina de amor (y de dinero) decía el que olvidó declarar los impuestos de 425.000 euros facturados a países latinoamericanos. El regreso de Kafka.