Millones de españoles (y de extranjeros que viven en España) se levantan a diario para comenzar duras -en ocasiones agotadoras- jornadas de trabajo, a veces a cambio de un sueldo digno y otras de un salario manifiestamente mejorable. Desgraciadamente otros muchos no hacen lo mismo por la trágica razón de que no encuentran empleo o lo han perdido. Y, quienes no trabajan, estudian y se preparan para hacerlo en el futuro, pese a las malas perspectivas laborales. Entre tanto, claro, el país funciona: lo hacen las empresas y el comercio; los hospitales y ambulatorios; las universidades, institutos y colegios; las Administraciones públicas; los transportes; la seguridad pública; los medios de comunicación, y todo aquello, en suma, que permite que sigamos adelante. Para decirlo de una vez: casi todo el mundo cumple aquí con su deber.
Y digo casi todo, en lugar de todo el mundo, pensando no en los golfos que se adueñan como bandoleros de la pasta de los contribuyentes, para comprarse lujosos Jaguar, viajar a Eurodisney o financiar a sus partidos, sino en los dirigentes políticos que, sin meterse un duro en el bolsillo, piensan mucho más en su intereses personales o de partido que en administrar cabalmente los intereses generales, que es para lo que se les paga.
Hace dos días se montó en Vigo una trifulca entre dos ministras, por un lado, y la presidenta de la Diputación de Pontevedra y varios concejales vigueses del PSOE, por el otro. La razón: una pelea por el protagonismo y, a fin de cuentas, por la foto. Mientras las ministras procedían a la colocación de la primera piedra de la futura sede la Tesorería de la Seguridad Social, la presidenta de la Diputación y algún concejal vigués protestaron airadamente, no sé si con o sin razón, porque aquellas se proponían supuestamente chupar toda la cámara. Unos acusaron a los otros de falta de educación y los otros a los unos de falta de respeto, en un sonrojante espectáculo que, como es fácil de imaginar, debió resultar muy edificante. Nada podría reconciliarnos menos con una clase política que se despeña en el descrédito.
Y es que en un país con problemas más que sobrados como para que nuestros dirigentes se comporten con el sentido común que exige la complicada situación económica, política y social que atravesamos, muchos de ellos son como autistas que viven en una particular burbuja llena de coches oficiales, mullidas alfombras, fantásticos despachos, viajes en primera, salas de autoridades en los aeropuertos (que los de Podemos reivindican ya airadamente como si llevaran toda la vida en el machito), viajes y comidas.
Es esa falta de tacto en el ejercicio del poder, esa desvergüenza en el uso, cuando no en el abuso, de los privilegios que aquel lleva aparejados, lo que provoca, que, más allá de la corrupción, los políticos tengan hoy una fama tan mala que afecta, de hecho, al buen nombre de las instituciones y, al final, al propio prestigio de la democracia. Pero ellos, como si nada, tan contentos y a la greña por la foto.