Tertulianos en el Congreso


Creo que don Miguel de Unamuno se adelantó a su tiempo cuando dijo que «la democracia es parlamentarismo político y no charlamentarismo tertuliano». Porque tal vez ahora su sutil afirmación tendría más razón que nunca, como nos ilustra todo lo que ha ocurrido después de las últimas elecciones. Charlamentarismo a tope y sin tregua.

He escuchado con la mejor disposición los mensajes de los distintos partidos en la jornada de investidura (finalmente de embestidura), pero donde no hay no hay, y solo brillaron por su reiteración los mensajes interesados en convencernos de quiénes son los culpables del lío. Para el PP, lo es el candidato socialista, Pedro Sánchez, que desde el primer instante rechazó entenderse y negociar con Rajoy. Para el PSOE, la culpa la tienen el PP y Podemos, el primero porque sí, porque lo ha dicho Sánchez, y el segundo, porque tiene el objetivo claro de avanzar por el territorio socialista en son de conquista.

¿Y qué decir de Ciudadanos? Albert Rivera ha estado brillante y convincente (más el primer día que el viernes), pero ¿de qué nos ha convencido realmente? A mí me ha convencido de que ha estado brillante y convincente, pero no he sido capaz de determinar la utilidad práctica de su intervención. En cualquier caso, me ha gustado su tono y su agilidad argumental, que pueden convertirlo en un orador hábil y creíble.

¿Cuál es el verdadero problema que tenemos? Que nuestros políticos no han logrado sobrepasar la fase del charlamentarismo tertuliano y nos han ofrecido una sarta de conceptos imprecisos, sin acompañamiento de costes económicos ni de otras leyes de la gravitación universal postuladas por Newton y corregidas por Einstein. Por eso, en vez de llegar muy lejos, hemos aterrizado tan cerca, casi en el propio punto de partida.

¿Qué va a suceder ahora? No lo sé. Pero creo que todos deberían deshacerse de su pretencioso listado de vetos y líneas rojas y empezar a hablar de la realidad, para buscar lo que más nos pueda convenir, de acuerdo con la voluntad expresada en las urnas. Hacer esto sería avanzar por la buena senda, que no es la del choque y las líneas rojas, sino la del acuerdo, sumando fuerzas que acrediten realismo y voluntad de sumar.

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