En poco más de diez semanas Pedro Sánchez ha batido dos récords absolutos que, difíciles de alcanzar por separado, suponen juntos una proeza digna de Sansón: el 20D cosechó para el PSOE su peor derrota desde 1977; este viernes la coronó con un idéntico fiasco, al ser el primer candidato a la investidura rechazado en el Congreso. Que tras tan formidable hazaña Sánchez no haya dimitido, pone de relieve el tipo de personaje ante el que estamos y la trágica postración en que ha caído el PSOE, incapaz por lo que se ve de reaccionar ante la total incapacidad de quien lo ha llevado a su crisis más grave en cuatro décadas.
Sánchez llegó a la secretaría general en julio del 2014, cuando la fuerza de Podemos se reducía a la obtenida en mayo en los comicios europeos: 5 diputados (sobre 54) y el 8 % de los votos. Fue, por eso, la insensata política impulsada por el líder socialista la que explica que Podemos y sus confluencias saltaran en año y medio del 8 a casi el 21 % de los votos, situándose a tiro de piedra del PSOE. Y es que Sánchez, obsesionado con adelantar a Rajoy para llegar a la Moncloa (su auténtico objetivo), mantuvo un suicida seguidismo de Podemos en contra del PP, sin caer en la cuenta de que su adversario era el primero y no el segundo. Cuando, ya en plena campaña del 20D, quiso rectificar tal disparate, la suerte estaba echada: Podemos se comía gran parte del electorado socialista y dejaba a Sánchez con 90 diputados.
Lejos de optar entonces por lo que hubiera decidido cualquier líder europeo -dimitir- Sánchez echó pecho, y olvidando su promesa de no gobernar si no ganaba, intentó una investidura que acabó dando en una farsa: aceptó el encargo del rey, pese a contar solo con 90 diputados, pensando en gobernar con el apoyo todas las izquierdas y la abstención del secesionismo. Pero ese mismo día, su plan, que hubiera puesto al PSOE a los pies de Podemos y los separatistas, se fue al traste, cuando Iglesias exigió una coalición. Sánchez, que incomprensiblemente ¡no había comprobado sus posibilidades antes de aceptar el encargo del jefe del Estado!, supo ya entonces que no iba a ser investido, pero en lugar de aceptarlo y pedir un pleno cuanto antes, extendió el engaño un mes entero con la intención de mejorar su imagen ante el PSOE y el país.
Y así, tras no negociar con quien podía hacerlo presidente (Podemos) y pactar con quien lo llevaba a una derrota inapelable (Ciudadanos), Sánchez se presentó al Congreso para perder por goleada, aunque tratando de responsabilizar a los demás de un descalabro que era solo la inevitable consecuencia de su irresponsabilidad y su absurda convicción de que él y Rivera lograrían engañar a todos todo el tiempo.
La realidad es que Sánchez salió el viernes del Congreso con solo dos obvios resultados: una inmensa brecha interna en el PSOE y otra, no menos grave, entre las cuatro grandes fuerzas que participaron en su grotesca investidura. Si con ese devastador balance no se va, es que carece por completo de vergüenza.