Y este cuento (el de la investidura) se acabó

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Salvo mayúscula sorpresa, hoy a las siete de la tarde obtendrá Pedro Sánchez cumplida respuesta a la demagógica embestida lanzada contra Rajoy con tanta insistencia como falta de razón: que el presidente del Gobierno en funciones incumplió un deber institucional al negarse a intentar la investidura. Y es que a las siete de la tarde (como en el poema que le dedicó, a otro Sánchez, García Lorca, aunque hoy con dos horas de retraso) el marrajo de la inmensa mayoría del Congreso le dará un formidable revolcón al candidato socialista, quien quedará políticamente despanzurrado en medio de la Cámara.

¿Por qué no aceptó Rajoy la propuesta de investidura? Es obvio: porque sabía que no tenía posibilidad alguna de ganar. Frente a ese gesto de sentido común, Sánchez se echó al ruedo a ver si conseguía cerrar un pacto con la extrema izquierda y, cuando esa opción le estalló literalmente entre las manos, comenzó una huida hacia delante de trucos y mentiras que tuvo el peor final imaginable: un debate lamentable (cerrado horas antes de lo previsto por la manifiesta incapacidad del candidato de responder a los restantes oradores), una derrota parlamentaria estrepitosa (segundo récord de Sánchez, tras llevar al PSOE a su peor resultado electoral) y un destrozo formidable de las relaciones entre las cuatro principales fuerzas del Congreso (PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos), destrozo que no deja otro camino que repetir las elecciones.

Por eso, y para evitar otro fiasco pavoroso, hay que insistir en que, contra lo que han sostenido los brillantes intelectuales de los que se rodea Pedro Sánchez (con Luena a la cabeza), la finalidad de la investidura no es, como en una tómbola, probar suerte a ver qué sale, sino presentar una propuesta de Gobierno con posibilidades reales de ganar. Así se hizo desde 1977 hasta ahora y por eso Sánchez ha sido el único candidato a la investidura derrotado desde entonces.

¿Qué nos enseña esta experiencia? Que nadie debe solicitar al rey que lo proponga y nadie debe ser propuesto por el rey si no tiene una certeza razonable de alcanzar sus objetivos. Y como, visto lo sucedido hace dos días, no es previsible que tal cosa se produzca (ni el PP será apoyado por los socialistas, ni es probable que Sánchez haga vicepresidente a quien llamó asesino al líder del PSOE más relevante de la segunda mitad del siglo XX), lo mejor es esperar a que llegue el 2 de mayo, sin someternos a la tortura de una campaña electoral de cuatro meses.

¿Se imaginan que nos viésemos obligados a vivir en el ambiente irrespirable que hemos debido soportar desde la propuesta de Sánchez hasta que vayamos a las urnas? Los ciudadanos, que somos quienes sufrimos y pagamos ese circo, tenemos derecho a vivir con la tranquilidad que se nos ha arrebatado para nada. Por si ello fuera poco, hay algo, además, que sabe todo el mundo: que cuanto más dure la campaña más difícil será después que los partidos con representación en el Congreso lleguen a acuerdos para formar Gobierno de una vez.

el debate de investidura