Las horas


Y en esas andaban el nuevo azote de la corrupción, enseñando el significado de la palabra bluf; el hombre que quiere reinar pero a qué precio; el abogado defensor de «presos políticos» que suelta espumarajos de cal viva por la boca; el señor centrado que quiere ser útil, no importante; la autoproclamada portavoz de las «gentes del común de la nación gallega» (sic), y así hasta desesperar. Lógico que algunos miren la hora. Calculando, quizás, el tiempo que le queda a todo esto para la convocatoria de nuevas elecciones, para volver a las viejas promesas incumplidas, para empezar las nuevas no-negociaciones, para decir sí-no-sí-no-sí-no entre risas, aplausos y abucheos en los próximos debates de investidura. Diputados en bucle. Ana Pastor, ministra en funciones, mira, el ceño fruncido, su reloj de pulsera. ¿Alguna aguja no marcha bien? Quizás es que se les ha detenido a todos el tiempo en el Congreso, que por allí ya no pasan las horas. Pero afuera sí que pasan. Aunque sus señorías se lo pasen jugando a ver quién nos estropea mejor la vida, afuera el tiempo corre a la dolorosa velocidad de una hipoteca, de otro empleo perdido. El tiempo, afuera, corre a la velocidad de una factura de la luz.

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