Errores del PSOE


Tal vez el primer error de Pedro Sánchez, en plena campaña electoral, fue acudir a los debates con Pablo Iglesias y Albert Rivera cuando ya era pública la ausencia en ellos de Mariano Rajoy. En estas condiciones, la confrontación de los tres parecía una pugna por el segundo puesto y no una batalla dialéctica por el título de candidato real a la presidencia del Gobierno.

El segundo error de la dirección del PSOE fue hacer un mal diagnóstico de los resultados, al transmitir la idea de que había una mayoría de izquierdas. Porque la verdad era que no la había, salvo que el PNV y los catalanes de Democracia y Libertad (exCiU) computasen como tal. Así se construyó una versión que, siendo falsa, tuvo un extraño recorrido en medio de la confusión. Hasta que se empezó a concretar y se vio que las derechas independentistas seguían siendo lo que eran y que solo estaban dispuestas a dar sus votos a cambio de concesiones que antes no habían podido lograr.

El tercer error de Sánchez, a la hora de aceptar el encargo real de intentar formar Gobierno, fue creer que Rajoy tenía una mayoría en contra (lo cual parecía cierto) y que el PSOE la tenía a favor (lo cual no estaba probado). Porque en esta fase ya se vio que Podemos tenía dos objetivos: uno, formar parte del Gobierno al 50 % y, dos (y más importante), devorar espacio del PSOE desde el principio y en el más breve plazo.

Solo entonces sonaron todas las alarmas en la sede del PSOE, cuyos líderes (Sánchez, Hernando y Luena) se abrazaron a Ciudadanos y buscaron evitar el cuerpo a cuerpo con Podemos, tanto en el ámbito cordial como en el belicoso-dialéctico. Cabe decir que, a esas alturas, Sánchez ya había despertado de su sueño y empezó a tomar conciencia de la realidad. Y lo que vio fue que estaba en un callejón de difícil salida.

¿Es un acierto el acuerdo PSOE-Ciudadanos? Podría serlo, y sería el primero. Sánchez le regaló a Podemos varios puntos en los primeros debates y, desde entonces, Iglesias no dejó de arañar votos. Pero todo tiene un límite y quizá ha llegado la hora de poder revertir esa tendencia. Para ello, Sánchez debe lograr que la expectación que despertó no se convierta en frustración.

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