Bocata de manchego


El viernes Ignacio Urdangarin compareció lacónico ante el juez en ese broche a la ignominia que está siendo el juicio Nóos. Desconcierta el escaso interés por la infanta congelada en el banquillo, como si España hubiese descontado ya las cochinadas institucionales que también mancharon a la monarquía en estos años de vómito colectivo. Nada volverá a ser igual en Zarzuela, y eso lo sabe hasta la cocinera del chigre que estos días envuelve en albal el bocata de queso manchego que cada mañana piden los Palma en los recesos para comer. La infanta congelada y su hermoso marido evitan la cantina que frecuenta la tropa de Nóos y se despachan un bocadillo en la intimidad forzada de una sala del juzgado. Es como si siguieran sintiendo la gravedad de los que se consideran elegidos, esa pulsión que separa a los reyes del populacho, pero hoy ese afán no les garantiza un entorno de lujo sino un emparedado de manchego forrado en papel aluminio cuyo único extra es el golpe de temperatura con el que lo sirve la cocinera de la tasca.

El 23 de octubre de 1994, una fotografía mostró al financiero Javier de la Rosa comiéndose un bocata en el confinamiento obligatorio de su celda. Con la contundencia brutal que solo es capaz de ofrecer una foto, la imagen fue el resumen de una época. Muchos no recuerdan ya el caso KIO y sus cositas, pero ese gesto del empresario hincándole los dientes a una barra de pan tras los barrotes del talego tuvieron la fuerza indeleble de los retratos psicológicos de Goya.

Es fácil imaginarse a Iñaki y a Cristina aislados, apenas acompañados por la desolación de una sala de vistas, con ese semblante en gris que se les ha puesto y escuchando el cric cric del papel albal de su vulgar bocadillo.

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