Humo


La primavera se asoma por los dominios de Pondal. Temprana, como entrometiéndose, a causa de los desvaríos medioambientales. Le hemos dado tantas zurras al planeta que va perdiendo el sentido de la orientación, se le van los recuerdos y es incapaz de mantener las estaciones a raya. A orillas de la desembocadura del Anllóns ya florecen las margaritas, las prímulas y los sauces. Lo que demuestra que nada es inamovible y que no somos dueños de nuestro destino o que hemos olvidado que, al fin y al cabo, solo formamos conjuntos de partículas regidas por leyes universales. Lo peor del ser humano es no saber encontrar los límites de las cosas. Dejarse arrastrar por los delirios de la fantasía suele llevar a precipicios profundos. Ya alguien escribió que los cambios atropellados siempre provocan retrocesos multiplicados y que lo peor de cualquier ilusión es la decepción. Tal vez el estado de indecencia generalizado que corroe las entrañas de la sociedad llevase a Sánchez y a Rivera a subirse a la balsa de las prisas constitucionales. Se proponen volar las cajas de caudales de los alcaldes de las grandes ciudades, los también balnearios para políticos en declive, las diputaciones. En definitiva, darle carpetazo a la obra de Javier de Burgos y del Olmo, aquel granadino que iba para clérigo y huyó del incienso y la sotana, para luego dividir España en provincias allá por 1833. Aunque todo quede en simple tormenta de fuegos de artificio, ambos líderes anuncian el alba de un nuevo amanecer, si bien es posible que el sol se olvide de acudir a la cita. Jugar al mercado de las encuestas es inclinarse por que las apuestas queden en el aire, humo para nublar todavía más la visión.

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