El rumbo difuminado


Juan Antonio Posse (1766-1854) fue un cura nacido en una humilde cuna en Soesto (Laxe), una aldea en la que en los días de temporal el mar amenaza con tragarse el mundo. Lo arrancaron de niño de la esclavitud de la tierra para vestirle la sotana del absolutismo, pero salió rana y en vez de seguir la ola, allá en León, se hizo liberal hasta la médula, leía libros prohibidos en francés e italiano, defendió la Constitución de Cádiz, fue encarcelado y, a además de vérselas negras con la jerarquía, a la que criticaba sin mesura, se atrevía a confesarse anticlerical y llegaba a dudar de la infalibilidad del papa. La mitad de sus primorosas memorias fueron halladas enterradas en la biblioteca del insigne jurista Gumersindo de Azcárate más de un siglo después. Un torrente de integridad que resulta asombrosamente actual, ahora que uno descubre que los canales de Isabel II hacían correr fuertes corrientes de dinero para regar huertos prohibidos, que las leyes se leen del revés o que cada gallo permanece en su parra sin atender a lo que sucede a ras de tierra. En tiempos en los que sobra comunicación y se desdeña la información, y en los que la fe y las creencias tienen muchos acomodos. De hecho, cada uno las pinta del color que más le gusta y trata de hacer tragárselas a los demás. Juan Antonio Posse, parafraseando a Platón, daba gracias a Dios por haber nacido hombre y no bestia, haber ejercido de cura de Llávanes y haber visto la revolución. Claro que la vida tiene muchas versiones, pero, puestos en el día de hoy, es difícil sentirse satisfecho con el clima político, en el que el rumbo y la trascendencia aparecen difuminados. Como si se rompiera la brújula, que gira loca sin pararse en un punto fijo.

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